Luis Villegas Montes: Hablando de Mujeres y Traiciones PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Jueves, 01 de Abril de 2010 08:28

 

8 de marzo: Día Internacional de la Mujer.

 

1.- Se llama “Mentiras”; bien se podría llamar “Mujeres”.

 

2.- El jueves pasado, atrapado entre el júbilo y la congoja, me fui al teatro. El merecido lugar para la algaraza provenía de que precisamente el 25 de marzo, en el seno de la Comisión de Gobernación se aprobó el dictamen de la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares. De aprobarse por el Pleno de la Legislatura, la Ley vendrá a situar a nuestro país -en ese rubro- en igualdad de condiciones respecto a otros: Canadá, EUA, la Unión Europea, que hallan en la falta de un instrumento de ese tipo, una razón para no invertir en México, por un lado; y por otro, haría de ésta la primera nueva Ley de la actual Legislatura en el Congreso federal. El motivo de aflicción no me es dable compartirlo, guarda relación con mis funciones; sin embargo, lo cierto es que la pena estaba ahí, ubicable, con sus tintes de rabia.

 

3.- Me fui al teatro, pues; dudaba de mi elección. Dudaba porque el título de la obra, “Mentiras”, así como su reseña, de manera sospechosa se parecían, quizá en exceso, a una película de los 80’s, del mismo nombre, protagonizada por Lupita D’Alessio, Jorge Ortiz de Pinedo y que ni la actuación de Juan Ferrara salva en lo más mínimo. Dado que la reseña del musical da cuenta de un velorio, cuatro mujeres engañadas, confidencias y un cúmulo de canciones de la época, pensé si no estaríamos hablando de un refrito. En lo absoluto.

 

4.- La vi y disfruté de principio a fin. El musical, de trama simplona, con una moraleja predecible y sin chiste, resulta ridículamente cursi, lleno de lugares comunes, clichés y estereotipos -3 modos de decir lo mismo, pero no quise dejar las expresiones en el tintero- y, sin embargo, no le hacen mella a la obra en su conjunto: La música en vivo, las voces, la actuación, la escenografía, el vestuario, el guión, los diálogos, los chistes, todo, resulta magnífico.

 

5.- No contaré los detalles del argumento, sólo diré que son cinco protagonistas: Cuatro mujeres y un varón que interactúan en torno a una sola noción: El amor y el desamor atrapados en una red de mentiras, tejida por… el hombre. Sí, el malo de la historia es él, un mujeriego irredento que termina sus días víctima de sus propias culpas y que, como cualquier don Juan que se respete, tiene un homosexual habitando en su interior. No obstante, de principio a fin, los diálogos se entremezclan con conocidas canciones de Yuri, Amanda Miguel, Dulce, la propia Lupita D’Alessio, Daniela Romo, María Conchita Alonso, Alondra, entre otras. Los dúos, tríos, solos, coros, simplemente enchinan la piel.

 

6.- No. No se me llenaron los ojos de agua. No obstante, a partir de esa experiencia, para mí, cobró nuevos significados la palabra “arte”. Música que, en su momento, desdeñé de forma sumaria, ahora me hizo sonreír, -¿por qué no admitirlo?- reír a carcajadas e incluso añorar esos tiempos. Sí, efectivamente, fui completamente feliz por unos instantes.

 

7.- Aprendí esta vez, que el arte, el auténtico, conmueve. No importa que sea atractivo o repulsivo, luminoso u oscuro, sencillo o sofisticado, soberbio o de manufactura humilde, efímero o perdurable; el buen arte, con sus dedos alargados y suaves, toca siempre una fibra del alma. “Dice” algo, susurra, estruja, subvierte, inquieta, altera, perturba, emociona. En todo caso, el arte no puede carecer de significado, su propósito es comunicar finalmente. Espejo, referente, premonición, compendio, piedra de Rosetta, llamado, grito, gemido, reflexión. Materia, sonido, forma o luz, en una combinación original y perfecta. A este respecto, Borges escribió (con ocasión de una reflexión sobre La Comedia de Dante): “Nosotros estamos hechos para el arte, estamos hechos para la memoria, estamos hechos para la poesía o posiblemente estamos hechos para el olvido. Pero algo queda y ese algo es la historia o la poesía, que no son esencialmente distintas”.[1]

 

8.- El arte no sabe de razones, te envuelve. Si eres incapaz de entenderlo y te atrapa en una  nube de regocijo, es que, quizá, eres apenas un niño; entonces al arte, a la luz de la inocencia, se le nombra “prodigio”. Quien se introduce desde el brazo del conocimiento y lo disfruta con una sonrisa o hasta las lágrimas, se conoce como “diletante”. El que vive permanentemente sumido en el pasmo, alterando la realidad o la consciencia, cuando no ambas, se llama “artista”. El arte está destinado a perturbar… a cualquier título.

 

9.- El jueves, pues, asistí al teatro y fueron múltiples las razones para disfrutar cuanto vi u oí. Una de las cuales, sin duda, es el dibujo apresurado del alma femenil. A través de esas cuatro mujeres es posible vislumbrar el continente femenino en su vasta dimensión e inextricable complejidad; las mismas, que llevaron a Freud a hacerse la pregunta célebre: “¿Qué quiere la mujer?”.

 

10.- En cierto momento, recordé una tragedia que no he visto, leí hace demasiado tiempo y releo ahora (en inglés para principiantes): Antígona de Sófocles.[2] Antígona no duda en desafiar la ley de los hombres para cumplir con el deber impuesto por los dioses. En las cuatro protagonistas, reconocí a esa niña-mujer dispuesta a enfrentar al Estado y a la muerte por sus creencias y convicciones. En esas cuatro mujeres navegando por el escenario, contándonos, a través de canciones memorables, su biografía de amor y odio; de auténtica bondad y declarado egoísmo; de júbilo y suplicio, de soledad y entrega, redescubrí la esencia del ser femenino. En esas cuatro mujeres se reconocen las facetas de la mujer de ésta y de todas las épocas: Dulzura y dureza, determinación implacable y fiera, pasión arrasadora, humildad, clara inteligencia, generosidad innata, lealtad a toda prueba; la maternidad entendida como una vocación y la ternura como una nueva piel. Uñas y dientes, para amar u odiar; ojos, para ver y desnudar; lengua, para decir o callar. Como leí alguna vez que afirmó alguien: “El temple del acero y la suavidad de la seda”.

 

11.- Con sus fallos innegables y sus virtudes intactas, más inteligentes que los hombres a partir de su capacidad para pensar y sentir, las mujeres no se apropian del mundo por dos razones: Porque el amor la ciega (a Dios gracias) y porque suelen perder el tiempo torpe, miserable e innecesariamente tratando de pensar como los varones.

 

12.- Pues el jueves pasado fui al teatro y asistí a una maravillosa puesta en escena. Aunque todo es posible. Tal vez, la pátina de la nostalgia cimbró mis oídos, nubló mi entendimiento y fue la circunstancia del recuerdo la culpable de mi gozo. Es eso o simplemente me estoy haciendo viejo y, para mi azoro, los 80’s -esa década que me parecía tan cercana hasta el jueves por la noche- es un sitio remoto, sus orígenes se distancian treinta años de mi vida; y casi cualquier cosa sirve para aferrarme a la idea de que la historia o la poesía no son esencialmente distintas.

 

Luis Villegas Montes.

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[1] BORGES, Jorge Luis. (2007): “Siete noches”. 2ª. reimpresión. Colección: Tierra Firme. Fondo de Cultura Económica. México. Pág. 14.

[2] Sophocles. (1996): “Antigone”. Pacemaker Classic. Globe Fearon. Unites States of America.

 

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