Tenger Medne PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Jueves, 06 de Febrero de 2014 05:26

Adolfo tiene 15 años cumplidos y, sin embargo, en ocasiones me parece que continúa siendo el niño que era, tierno y preguntón a partes iguales.

“¿Por qué?”, me interroga perentorio y yo respondo lo que creo que es; lo que imagino que es; lo que quisiera que fuera; y él insiste: “¿Pero por qué?”. Tan distintos como son, el día y la noche, agua y aceite, cuquis y tikismikis, María y Adolfo comparten algunas inclinaciones como su exasperación ante mis prolongados silencios que siguen a una explicación que, casi de manera invariable, suele quedar interrumpida luego de que los sucesivos porqués me llevan a una divagación inevitable. Mi silencio se extiende, se extiende, se extiende, niebla odiosa y pertinaz, y ellos suelen emitir un ligero bufido de fastidio. No lo puedo impedir. Como no puedo evitar, tampoco, bostezar cuando me da por leer en voz alta un párrafo del autor que sea. 

Pues ayer Adolfo me cuestionó muy serio respecto de mi irritación inocultable con aquellas personas que hacen alarde de ignorancia o estulticia; máxime cuando son producto de la indolencia o la desidia. La estupidez, propia o ajena, no es punible; a menos que incurramos en ella por propia voluntad, por debilidad o pereza. Adolfo adelantó una tesis interesante: “Al fin y al cabo, ¿qué es la inteligencia?”, me preguntó muy serio, “¿cómo es posible medirla? Y si resulta que es como la estatura. ¿Quién es alto y qué tanto lo es? ¿En función de qué o de quién?”. Estaban a punto de írseme las cabras al monte, como suele ocurrir, pero no; recordé un párrafo que había leído aquella misma mañana. Busqué el libro y se lo leí: 

“- Tenger medne -repitió Filipe-. Es la responsabilidad personal, la relación que tenemos con el universo. Los chamanes sostienen que la relación de los seres humanos con el universo es directa, sin nada que se interpongan, ni libros sagrados ni sacerdotes, ni siquiera chamanes. Solo tenger medne”.1 

Me atrevo a afirmar que la inteligencia, por lo menos aquella que guarda relación con nuestra capacidad de interactuar, de convivir con los otros en condiciones óptimas, halla su origen en la capacidad de ser y hacernos responsables respecto de nuestros propios actos. Es tan fácil culpar a los demás. Hacerlos partícipes y causantes de nuestras desgracias. Esas que tienen que ver con la serie de pequeños desencantos, fracasos y frustraciones que pueblan nuestros días y de los que acusamos a nuestros padres, a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo, a nuestra pareja o, en el colmo de la torpeza, incluso a Dios. Como si cualquiera de ellos nos atiborrara de carbohidratos, nos hiciera gastar más de lo que podemos (o debemos), nos obligaran a embarazarnos (o a casarnos), a ser infieles, a reprobar en la escuela, a vivir entre la suciedad o a ser perezosos e incompetentes en el trabajo. 

El hecho escueto es que tenemos una sola, visible y única responsabilidad; aquella que no une (nos ata) al universo; a aquello que nos rodea, que nos circunda, que nos moldea, sí, pero ni de lejos nos aprisiona, al contrario, nos invita a volcarnos hacia el exterior y, de quererlo, de en verdad desearlo, nos da alas; nos brinda a diario la posibilidad de afianzarnos en nosotros mismos, de ser quien verdaderamente somos o aquel quien queremos llegar a ser. A propósito, viene a mi memoria un verso de José Gorostiza del espléndido poema “Muerte sin Fin”: 

“No obstante -oh paradoja- constreñida por el rigor del vaso que la aclara, el agua toma forma”.2 

La responsabilidad personal, esa relación de reciprocidad que tenemos con el universo, es la que nos ilumina desde dentro, lámparas votivas, o nos abraza como si fuéramos polillas, insectos revoloteantes en el incandescente fulgor de la llama que nos asesina. 

Le dije a Adolfo: “En efecto. Quizá no haya modo de medir la inteligencia. Lo que sí existe es la capacidad de reflexionar  sobre sí mismos. Inmersos en el Mundo, llenos de él, estamos solos. Sin embargo, existe –Le dije-, un grado de lucidez, una toma de consciencia, que nos distingue del resto; de la masa amorfa que piensa y desea en montón, incapaz de reflexionar sobre la naturaleza, el alcance, el sentido y el auténtico origen de sus actos. Existe la posibilidad de creer lo que creen los demás o de pensar lo que los otros piensan, solo porque tenemos miedo o flojera de pensar por nosotros mismos o de creer hasta sus últimas consecuencias. A eso es a lo que yo le llamo ‘inteligencia’. ¿Estamos?”. 

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1 RODRIGUES DOS SANTOS, José. El Séptimo Sello. Rocabolsillo. México. 2010. Pág. 235.

2 GOROSTIZA, José. Muerte sin Fin y otros poemas. Colección: Lecturas Mexicanas, no. 13. Fondo de Cultura Económica. México. 1983. Pág. 107.

 

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