Luis Villegas Montes: La Hidra Fértil PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Miércoles, 11 de Agosto de 2010 08:58

 

El Economista y La Crónica de Hoy. 07 y 10 de agosto de 2010. Las notas dicen así:

 

Se manifiestan policías federales en Ciudad Juárez. Más de 100 policías federales protestaron hoy frente al hotel “La Playa” en contra de un comandante de esa corporación, a quien acusan de abuso y maltrato en contra de varios elementos. […] Esta mañana se unieron más elementos federales a la protesta y aseguraron que no saldrán a las calles hasta que el comandante sea destituido de su cargo y quede fuera de la corporación”.[1]

 

 

Separan e investigan a policías federales amotinados en Juárez. […] Policías federales que protagonizaron una trifulca el sábado en Ciudad Juárez, Chihuahua, fueron separados de sus funciones y sometidos a una investigación al ser considerados como instigadores de las agresiones y protestas en contra de algunos de sus mandos en esa entidad, a quienes acusaban de corrupción”.[2]

 

Pese a las tres reflexiones pendientes de envío, éste es un asunto que no puedo dejar pasar: Lo traigo atravesado en el alma tan luego me enteré de él. No todos los días ocurren incidentes de esta naturaleza y, en todo caso, resulta imprescindible no precipitarse a emitir juicios, por un lado; y por otro, intentar rescatar lo positivo de este argüende, si es que lo hay.

 

Me explico: Nadie duda de que haya corrupción en este País; ése no es el tema. Existen montones de indicios que lo demuestran sin lugar a dudas; es imposible desaparecer miles de vehículos diariamente, transportar a lo largo y ancho del territorio nacional toneladas de drogas de distinto tipo, alzar mansiones a diestra y siniestra, adquirir flotillas de automóviles de lujo o trasladarse en helicópteros, sin el concurso de las autoridades; de las autoridades de los tres órdenes de gobierno además, porque el estado de caos y violencia que se padece en Chihuahua y en otras entidades federativas trasciende al Municipio, al Estado y a la Federación y los hermana en la responsabilidad de tanta desgracia. El tema no es la corrupción, pues.

 

Tampoco lo es la impunidad; posiblemente no la vemos, no la palpamos, pero la intuimos. Pensándolo un poquito, llama la atención que los gringos no tengan sus versiones autóctonas del “Chapo” Guzmán, del “Mayo” Lambada (perdón, me entusiasmé, es Zambada), del “Güero” Palma, del clan de los Arellano Félix o los Beltrán Leyva; porque si aquí son “barones”, allá deben ser príncipes, reyes o, cuando menos, duques de la droga; sin embargo, ningún informativo se ocupa de desentrañar los misterios de sus turbios manejos o sus redes de complicidad y corrupción. La delincuencia está ahí, tal vez conozcamos algún día los nombres, tal vez no, pero dudo mucho que puedan existir organizaciones criminales tan poderosas o eficientes sin la connivencia del Gobierno y sus adláteres.

 

Pues igual ocurre en México: Decenas, cientos, miles de muertos, la mayoría de ellos vinculados al narcotráfico en sus distintos niveles y, no obstante, el negocio se halla muy lejos de desmoronarse; al igual que la hidra, se le corta una cabeza y le nacen dos. Hace casi trescientos ochenta años, en su obra “Cinna”, Pierre Corneille hace decir a Augusto: “Roma, fue para mí una Hidra muy fértil: le cortas una cabeza y renacen cientos”;[3] el crimen organizado en nuestro país es esa hidra fértil alimentada desde la impunidad, la ignorancia, la pobreza y no pocas veces desde el seno de la propia sociedad y del mismo Gobierno.

 

La impunidad no es tema, tampoco. Como no lo es el motín ni el conato de revuelta. Si ése fuera el quid del asunto, la ciudad de México, Distrito Federal, acapararía los titulares de la prensa mundial cada lunes y martes; es un escándalo perpetuo y el Paseo de la Reforma la avenida por la que transitan, casi a diario, todas las protestas posibles concebidas y por concebir (la semana pasada protestaron los microbuseros por la mera intención del Gobierno del DF de exigir la instalación de sistemas anticontaminantes en cada unidad).

 

No es el hartazgo, tampoco, hartos estamos todos.

 

Si no es la corrupción, ni la impunidad, ni la revuelta abortada, ni el hartazgo ¿qué de digno de mención se esconde detrás de ambas notas? Algo muy simple: Que más de un centenar de elementos de la Policía Federal hayan decidido dar la cara para decir: “¡Ya basta!”. El auténtico significado del hecho yace en esa minideclaración de guerra contra un estado de cosas intolerable e insostenible.

 

Es decir, en tanto la ciudadanía no se organice y se decida a dar la cara para decir: “¡Ya basta!”, la situación no va a cambiar un ápice y los empresarios seguirán siendo tratados como patitos de feria, los desposeídos y marginados como pañuelos desechables (fábrica de sicarios), los peatones inocentes como una estadística del “daño colateral”, los jóvenes en su conjunto como clientes potenciales y la ciudadanía toda como rehenes y cautivos.

 

No se trata de que un centenar o más de policías, corruptos o no, hayan decidido alzarse en contra de un superior jerárquico, corrupto o no, para pedir su destitución ni que después deban enfrentar cargos por ese arrebato o de que haya uno, dos o diez malos elementos fuera de la corporación en breve (para nutrir las filas del narco), no, no, en lo absoluto.

 

Hablamos de otra cosa, de otro acontecimiento, más rescatable, digno y valioso: Hablamos de madurar, de hacernos responsables; de comprender que en nosotros está y de nosotros depende, que la situación cambie o que las cosas mejoren. Estamos a merced de los delincuentes porque nos hemos alejado de nuestras responsabilidades cívicas más elementales; nos definimos como “ciudadanos” en función de que vamos a votar cada 2 o 3 años (y a veces ni eso) y se nos olvida que la ciudad, la polis griega, es nuestra por definición. Nuestras sus calles, sus plazas, sus aceras, sus mercados, sus iglesias y escuelas; nuestros sus rasgos, méritos, huellas; nuestros sus éxitos y fracasos. La ciudad es nuestra porque nos alberga y cobija y más aún porque pagamos por ella de una y mil formas; sin embargo, hemos sido desposeídos; hemos permitido, propiciado, consentido o tolerado, que otros la pueblen con sus picaderos, sus excesos, sus ráfagas de ametralladora, sus granadas, sus coches-bomba, mientras las autoridades miran hacia otra parte, eluden su responsabilidad o se incriminan unos a otros.

 

Cuentan que Hércules -con la invaluable ayuda de un tal Yolao- mató a la hidra quemando cada muñón recién cercenado para impedir que nacieran las dos cabezas; luego, la cabeza inmortal la sepultó debajo de una enorme roca. Sin la organizada ayuda de la sociedad y sin abatir los escandalosos índices de impunidad vigentes en todos los órdenes de vida (económico, político, etc.), el Gobierno -Federación, Estado y Municipio- continuará haciendo el ridículo en esta desigual lucha contra la delincuencia y nosotros, ciudadanos, no pasaremos de ser meros espectadores o posibles víctimas.

 

Luis Villegas Montes.

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[1] Énfasis añadido.

[2] Énfasis añadido.

[3]Rome a pour ma ruine une hydre trop fertile: Une tête coupée en fait renaître mille” (Escena II. Acto IV).

 

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