Una reflexión personal. De la chinada PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Jueves, 12 de Marzo de 2015 06:41

Luis Villegas Montes.

 

Solamente los descreídos, los ignorantes, los descuidados, los de ánimo voluble,... en suma, los que no me leen (es decir, los que están más allá del círculo de mis cuarenta y cuatro lectores), serán incapaces de comprender el sentido y el alcance de estos párrafos… y que a lo escrito líneas atrás no le falta ninguna “g”.

María se fue. Está en China y esto, sin ella, está de la chinada.

Hace justamente dos años, diez meses y once días escribí una reflexión que se llamaba: “Cuentos chinos”; ahí comenté que esos párrafos los escribía a escondidas porque temía que, si María se llegaba a enterar de su existencia, me retirara el saludo; y agregué: “Es en serio, ustedes no la conocen… yo sí; tiene el carácter más disparejo que una calle de Parral”; luego agregué que la cosa era que, en el pasado remoto, me tenía preocupado su indefinición. Ahí dije que la primera luz “la vi meses atrás cuando la interfecta se preguntó en voz alta, delante de mí, qué para qué iría a servir, porque no se veía ningún talento en particular”; y comenté muy orondo que me habían dado ganas de felicitarla “por su honestidad intelectual”.

Bobo.

Una semana después, ella solita, con su uno cincuenta y dos de estatura y cuarenta y seis kilos de peso, estremeció la casa hasta sus cimientos cuando, sin aspavientos, comentó: “¿Sabes qué? Voy a estudiar chino”. A renglón seguido agregué en mi reflexión: “Ahora, la veo entusiasmada; con los ojos brillantes; decidida a dejar de aprender francés (que ya estudiaba) para incursionar en esa aventura del chino mandarín. La veo empeñosa avanzar con paso firme en el estudio del inglés (los maestros chinos dan su clase en esa lengua) y ayer me recibió con la nueva de que el maestro de LR (lectura y redacción) está dispuesto a darle clases particulares”.

Hoy, justamente dos años, diez meses y once días más tarde, con un nudo en la garganta, al que le brillan los ojos es a mí; siento que, de algún modo, se acaba de cerrar un ciclo en mi existencia e inicia otro. Uno muy distinto que la incluye, por supuesto, pero que también, por primera vez, su vida deja de ser mi vida, para convertirse en la promesa cumplida (amenaza latente) que a diario nos dan los hijos: Que les crezcan las alas y se echen a volar para tomar, como hacemos todos, su propio rumbo.

Escribí también en ese entonces: “Yo no sé cómo le vamos a hacer; pero creo que, en su momento, debe ir a estudiar allá. (…) Como sea, yo le aseguro que va a regresar colgada del brazo de un chino y ella afirma que no, quesque ‘porque son muy feos’; lo que no sabe, la pobre, es que eso mismo le dijeron a su mamá y ya ven, llevamos 18 años de casados”. El asunto es que María ya se fue y tal parece, le tocó de compañera de cuarto una niña africana. Yo espero que no se la coma. Leído así, no faltará quien piense que mi comentario es de mal gusto, pero no conocen a María; dice que se la pasa con hambre todo el día (la comida tiene mucha grasa) y además ya les hablé de su mal carácter; así que si la africana se descuida o se le ocurre tocar sin pedírselo, un enchinapestañas, por ejemplo, seguro se la zampan.

Yo, para distraerme y consolarme, me metí al gimnasio. Esta es la ¿quinta o sexta? vez que me entro a uno. Como en el asunto del inglés, el del ejercicio es un tema en el que he incursionado desde que tengo uno de razón con magros -por no decir que nulos- resultados: Sigo sin poder entender ni “jota” -no salgo del “Jaguaryú” (diría López Dóriga)-; y, en la ducha, parezco perro parado de patitas. Pues bien, hoy es mi cuarto día y no puedo mover ni las pestañas; de parar la ceja “a lo María Félix”, ni hablar; me duele todo.

En suma, con este clima veleidoso que no acaba de componerse, el frío que no termina de irse, sin María y con mis achaques (voluntarios y voluntariosos), esto está de la chinada.

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Luis Villegas Montes.

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