Una reflexión personal. Los dos higados PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Jueves, 02 de Abril de 2015 06:08

Luis Villegas Montes.

 

Ayer hablé un ratitito con María. Casi nada. Estaba bañándome, Adriana me llevó la tablet a la regadera, pero se “cortó” la señal; me quedé con su imagen congelada en la pantalla, su carita de lado con una sonrisa tan ancha como el Yangtsé; un “hola” apenas, luego nada. Se veía contenta, satisfecha y, ¡Ay!, fresca como una lechuga. Luego veo a su madre y pienso: “De tal palo tal astilla”. Yo creo que, en la repartición, a esas les dieron dos hígados, o dos páncreas, o tres pulmones (uno chiquito), vaya Usted a saber, pero de corazón… ¡Nada! Luego me consuelo pensando que así debe de ser. Las despedidas desgarradoras, los llantos copiosos y los hondos suspiros (con mocos y todo) siempre salen sobrando porque no sirven para nada, excepto para enriquecer a los señores dueños de las fábricas de pañuelos desechables; y por lo demás, de todo se pueden quejar mis hijos, menos de no haber sido atendidos por su mamá.

 

Como sea, por acá, la vida sigue su curso. Adolfo, con su cabeza de micrófono (tiene dos meses y medio que no se corta el pelo), se fue a la Sierra de Chihuahua de “Misiones”; lo veo tranquilo y fervoroso; cargado de expectativas, contento y dueño de sí, greñudo como charamusca. Luis Abraham parece hombre de Cromañón, por lo grandote, lo gordo, lo peludo y lo indolente; a todo nomás se sonríe y se jala los pelos de la tupida barba que a estas alturas parece peluca. A Victoria no la vi, estaba plácidamente dormida y no es cosa de ir a dar la lata y desarraigarla de su mundo de sueños (ya se encargará la vida); y a Luisita tampoco pues estaba en idénticas condiciones; a esta le fue mejor que a su hermanita, porque le llevé un montón de chucherías que le tenía guardadas: Un esmalte para uñas de mentiritas (con brillitos); unos labiales que, más que labiales, son cremita para los labios; un juego para recortar y pegar de princesas; un set de viaje (champú, crema y gel para el cuerpo), una camiseta y un ingenioso pajarito de madera y plástico que mediante un sencillo mecanismo (un par de ligas y una biela diminuta), agita las “alas” y, ¡Oh, sencillo milagro de la técnica!, “vuela”.

 

Adriana y yo nos vamos. Desaparecemos por unos cuantos días del tráfago citadino. Llevo cuatro libros (pequeños), vamos a ver si los termino y si no se me “pega” algún otro por el camino. Uno de esos que no puedo dejar de comprar, uno de Almudena Grandes, de Carlos Ruiz Zafón, de Pérez Reverte, de Ildefonso Falcones o de Toni Hill, solo por mencionar españoles (el ultimo también lo es, aunque su nombre parezca desmentirlo).
 

Ya vendrá abril con su sol abrasador a cuestas y el vértigo de las elecciones. De aquí a agosto del 2016 esto va a ser un merequetengue; un auténtico hervidero. Un ir y venir de candidatos, de propuestas, de medias verdades y medias mentiras, de eslóganes, de jingles; unos más pegajosos que otros, alguno menos idiota que los demás.

 

Pese a ello, pareciera que existe una tendencia al desaliento.

 

El 27 de este moribundo mes de marzo, los padres de los normalistas secuestrados, asesinados e incinerados, pidieron al Instituto Nacional Electoral suspender las elecciones en el Estado de Guerrero, ¿cómo, por Dios, puede abonarle a la justicia, a la democracia, al dolor, al reclamo de vida, suspender las elecciones? En esta hora es dable recordar las palabras atribuidas a Winston Churchill, quien decía: “La democracia es el peor de los sistemas inventados por el hombre, excepto todos los demás que fueron experimentados en la historia”.

 

Mientras no haya una ocurrencia mejor, mientras esperamos sentados el “Gobierno de los Sabios”, tan caro a Platón, no nos queda de otra sino transitar por ese camino escabroso, lleno de baches y de piedras, de nuestras democracias modernas.

 

La particularidad de los regímenes democráticos, y a veces parecemos olvidarlo, es que dependen de nosotros para funcionar; de nuestro grado de participación, de involucramiento, de compromiso.

 

Estos días, repose, recójase en su casa y piense en la santidad de su significado; o váyase de jarana aquí cerquita o lejos, lejos, lejos (a donde la propaganda electoral no lo alcance); pero haga lo que haga, comiendo capirotada en el comedor de su vivienda o echándose unos daiquiris entre pecho y espalda, cuando regrese, póngase las pilas y recuerde las palabras de Kennedy en su toma de posesión: No pregunte qué puede hacer su país por usted, pregúntese qué puede hacer usted por su país; y luego salga… y hágalo.

 

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