Una reflexión personal. Bien ser, bien hacer, bien estar, bien tener: LVIII conferencia rotaria “Aurelio Licón Baca” PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Martes, 12 de Mayo de 2015 05:36

Luis Villegas Montes.

 

2ª. de 2 Partes.

Don Carlos Kasuga habló de muchas cosas; me referiré solo a una: La educación. Sería imposible resumir, en estos párrafos, la riqueza de su mensaje (aunque lo intentaré del mejor modo posible). De todo lo dicho por él, decido iniciar con un planteamiento central relativo al modo de educar. En ese punto le voy a hacer a Usted, querida lectora, apreciable lector, una pregunta muy simple: “¿Vio Karate Kid?” -no importa si en su primera o en su segunda versión- ¿Recuerda al señor Miyagi? ¿La escena de la pintada de la cerca? ¿Y la pulida del automóvil? ¿Las recuerda? El trasfondo de ambas es muy simple, mientras el muchacho piensa que lo están “explotando”, haciéndole perder el tiempo inútilmente en tareas que no guardan relación con aprender artes marciales (su verdadero interés), el maestro le está enseñando los rudimentos de la defensa.

Pues bien, durante su charla, Carlos Kasuga refiere un modelo de educación basado -más que en la instrucción o en la adquisición de conocimientos a secas- en algo que él llama:“Educación formativa”. Y no tengo manera de explicar esto más que con dos ejemplos contados por él. El primero, es el relativo a que en algunas escuelas japonesas no “conserjes”; son los alumnos quienes se hacen cargo de las tareas de limpieza; con ello, no se pretende tener una escuela limpia nada más, se pretende formar hombres y mujeres con arraigados hábitos de higiene; nos cuenta también, que una vez al año, los alumnos, en compañía de sus padres, pintan las instalaciones, pulen los pisos y reparan las bancas, alineadas con cordón en mano -para que la separación entre una y otra sea exacta e idéntica-. ¿Para qué se sirve todo esto? Muy fácil: Amor, pulcritud y disciplina por aquellas cosas que ayudamos a cuidar mi padre y yo. En este último sentido, sugiere don Carlos que en cada ocasión importante de nuestras vidas (un nacimiento, un bautizo, una boda, una graduación, etc.), plantemos un árbol; y se pregunta retórico: “¿Ustedes creen que habrá alguna persona que se deshaga del árbol que plantó su padre o su madre el día de su nacimiento, el día de su graduación, el día de su boda?”; y se vuelve a preguntar: ¿Y ustedes creen que esa misma persona sienta el mismo afecto por un árbol que plantó “Papá Gobierno”?

En esos pequeños detalles, en ese hacer las cosas por nosotros mismos, en esa exigencia de vivir la experiencia (más que en acumular información -que pronto irá a parar al arcón del olvido-), es donde se centra la auténtica educación. No somos jarritos de barro (con eso de que estamos hechos de polvo) ni recipientes a los que haya de inundarse con datos inútiles hasta la náusea; somos barro sí, pero somos uno que no ha terminado de secar ni de fraguar. Somos maleables, dúctiles, dóciles (y entre más jóvenes, más maleables y más dúctiles), en tanto que la vida nos ayuda a darnos forma paso a paso. Como alguien escribió: No le digas a tus hijos qué hacer o qué no; déjalos que te miren hacer a ti. Pero nos da miedo; y preferimos que sean otros los que se ocupen de ellos, porque no siempre nos sentimos capaces de predicar con el ejemplo.

Don Carlos Kasuga nos invita a cuestionar y a cuestionarse; e insiste: “Cuestionarse, cuestionarse, cuestionarse”. Que no es más que intentar desentrañar el sentido del Mundo, el porqué de las cosas, el objeto de la propia existencia; eso es educar: Echar a andar el cerebro. Recibir con humildad y gratitud las enseñanzas de otros; leer, estudiar, memorizar, repetir, sí, pero no dejar de lado la propia consciencia; al análisis propio; el examen puntual a cargo de nuestra propia mente: “Cuestionarse, cuestionarse, cuestionarse”. Siempre, todos los días, respecto de todas las cosas. Dice el señor Kasuga que los valores no tienen título: Honesto, puntual, etc., no hay modo de “calificarlo”; lo eres o no; pero dice que son los valores “lo que hace a las personas ser de calidad, a las familias ser de calidad, a las instituciones ser de calidad, a las sociedades ser de calidad, a los países ser de calidad”. Y es cierto. ¿De qué sirven, se pregunta, un ingeniero, un abogado, un contador, un médico, deshonestos, impuntuales, mentirosos o ladrones? Los conocimientos, el cúmulo de ellos, es fácil de adquirir; cualquiera puede hacerlo; pero ser íntegro, honrado, trabajador, leal, etc., no está al alcance de todos. Eso es lo que deberíamos estar enseñándole a nuestros niños.

Para finalizar, don Carlos nos brinda la “fórmula del éxito” dividida en 4 pasos: El bien ser: Ser honesto, puntual, limpio, responsable y trabajador; el bien hacer: Hacer todo bien desde un principio; el bien estar: Dar más de lo que se recibe: A la familia, al trabajo, a la sociedad; y si se cumplen los 3 pasos anteriores, en ese orden, llegará el bien tener, traducido en dinero y cosas materiales.

Si alguien me hubiera dicho que yo iba a terminar por escribir estos párrafos lo habría negado, vehemente y enjundioso, pero no. Aquí estoy, gracias, gracias, gracias, a todos mis maestros; a todos sin excepción, de preescolar a profesional, aunque en primerísimo lugar, a la maestra Lupita, de la lejana primaria; y al Lic. Noé Muñoz, en los inicios de mi vida profesional; gracias a la maestra Julieta, el primer gran amor de mi vida (tendría yo como unos cinco o seis años y me estremecía solo de verla); gracias a la que se comía esos caldos que parecían piscinas (me ayudó mucho en eso de odiar las matemáticas); a la que cada lunes y martes se desmayaba y se daba unos golpazos que estremecían el aula; a mi maestra de Ciencias Sociales, en la secundaria -a la que le teníamos más miedo que al Diablo-, pero que ya cuando se deshizo de nosotros, nos miraba con una ternura singular mezcla de orgullo y afecto que estremecía el alma; gracias a todos ellos. Prometo hacer la tarea (la que me toque), poner mi mejor esfuerzo en todo aquello que emprenda y no volver a hablar mal de ninguno de ustedes… en público, por lo menos.

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