“Andi Guarjol, chico, o ‘una cola es una cola’ PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Sábado, 16 de Mayo de 2015 20:30

Luis Villegas Montes.

 

No pienso agobiarlo, gentil lector, amable lectora, con mis pinitos en este asunto de la escribidera pero le cuento, con muchísimo gusto, que por primera vez en mi vida incursioné en un Taller de Escritura. Resulta que el Adolfo no solo agarró el gustito por la lectura, ahora también quiere empezar a escribir; y como no hay manera de aprender a nadar sin remojarse, pues ahí nos tienen ustedes que fuimos y nos metimos a uno. El tema del escrito, se nos pide ser breves a fin de estar en posibilidades de analizar lo que los demás compañeros escriben, se centró en la exposición de Andy Warhol que actualmente exhibe el Museo Casa Redonda. No se preocupen ustedes ni se agobien, no los voy a atosigar con mi producción semanal, es solo que quise compartir mi primer esfuerzo y aquí está (sean benignos):

 

ANDI GUARJOL, CHICO, O ‘UNA COLA ES UNA COLA’.

 

No podía evitarlo, el trabajo de Andy Warhol en general -en lo individual la visión de las latas de sopa Campbell’s y de Marilyn Monroe-, le recordaba a Cuba.

 

A Cuba podía traerla a la memoria sin ayuda del artista (de la mano febril del recuerdo de una piel ajena, con la consistencia y el sabor de la carne de coco y un tufillo de ron); pero no ocurría lo mismo tratándose de Warhol, cuya obra pictórica le recordaba sin remedio el depauperado entorno de La Habana y sus alrededores, las playas de Santa María y poco más allá. Particularmente esta exposición: Las latas de la famosa marca, la actriz, la multitud de flores idénticas excepto por su colorido y, al centro del conjunto, la teatral serie dedicada a Mao, el sanguinario dictador comunista (“maldita sea su estampa”, nunca mejor empleada la manida frase, pensó el espectador y sonrió para sí).

 

De pie, frente a las litografías, se le venía a la cabeza un alud de información; la retórica usual, pretensiosa y contradictoria, explicativa de la obra de cualquier creador. Sin embargo, había un conjunto de “datos duros” innegables: Su primera exposición individual, inaugurada el 9 de julio de 1962, en la galería Ferusel, marcó sin duda el debut del Pop Art en la Costa Oeste norteamericana y consolidó el movimiento a nivel mundial. Ese recuerdo le hizo reparar en el hecho de que la muestra carecía de algunas imágenes emblemáticas -e icónicas casi- del Mundo de Andy Warhol, entre ellas, los grabados dedicados a las botellas de Coca-Cola, a los billetes de un dólar o a la silla eléctrica. Sacó una hoja doblada de la bolsa interior del saco, con información extraída de Wikipedia, y leyó:

 

Lo que es genial de este país es que Estados Unidos ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la tele, ver un anuncio de Coca-Cola y sabes que el Presidente bebe Coca-Cola, Liz Taylor bebe Coca-Cola y piensas que tú también puedes beber Coca-Cola. Una cola es una cola, y ningún dinero del mundo puede hacer que encuentres una cola mejor que la que está bebiéndose el mendigo de la esquina. Todas las colas son la misma y todas las colas son buenas. Liz Taylor lo sabe, el Presidente lo sabe, el mendigo lo sabe, y tú lo sabes”.

 

Terminó de leer, plegó el trozo de papel de nuevo y pensó, mirando fijo las imágenes de las latas de sopa: “No, no, no, señor Warhol, me perdona usted, pero no. Si hay algo que no han hecho los Estados Unidos ha sido igualar los gustos de los consumidores ricos y pobres. Si hay algo que distancia a unos y otros es, precisamente, el poder que da el dinero. Y para muestra su obra. Esa sopa asquerosa, hecha para los atrofiados paladares gringos, que se ha vendido por millones a lo largo y ancho del planeta, es la misma sopa que ni en mil años podrían comer los cubanitos de a pie, si tomamos en cuenta que el ingreso promedio de un médico, los profesionistas mejor pagados de la isla, varía entre los 25 y los 30 dólares… al mes. O consideremos el caso de una estrella de Hollywood –el visitante se situó frente a la serie dedicada al rostro de la actriz-, cuajada de piedras preciosas de la cabeza a los pies, sex simbol de toda una generación de adolescentes, amante de ex–presidentes (¿recuerda Bahía de Cochinos, señor Warhol?), mujer de millonarios astros de cine o del deporte, cuyo glamur era suficiente para hacer palidecer una ciudad entera -de brillo apagado, sucia y triste-, luego de ese bloqueo infame que dura ya demasiados años; y trastocó su magnificencia, su encanto, su otrora hermosura, su alegría contagiosa, en un muladar insepulto que sobrevive, apenas, de glorias pasadas, símbolos caducos, herencias inútiles, retorcida belleza e ideas trasnochadas,… un poco como usted, señor Warhol”.

 

Tras un último vistazo, Cabrera suspiró y se fue, cantando por lo bajito: ‘Guantanamera, guajira Guantanamera…’; con rumbo a la Bodeguita del Medio, retazo de su Cuba natal, instalado en el corazón de la también bullanguera Ciudad de México.

 

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