Una reflexión personal. De Luto PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Sábado, 23 de Abril de 2016 07:07

Luis Villegas Montes.

 La semana pasada escribí una reflexión con el título: “ADOLFO Y LA CIUDAD DE MÉXICO”; las ideas, los sentimientos, los pensamientos, las anécdotas detrás de la misma, ya estaban ahí -casi escritos- cuando recibí las dos tristísimas noticias. Pese a todo, creo que hice lo correcto; por lo que sé de ambos, por lo que los conocí, estoy seguro que doña María Luisa Ugalde y el maestro Gabriel Borunda habrían coincidido conmigo en la necesidad de celebrar la vida antes que lamentar la muerte; y la semana pasada fue eso; una ráfaga de vida que va a alentar en mí por siempre y para siempre.

 Sin embargo, no podía dejar pasar tan terribles acontecimientos como si nada.

 Supe de la primera de manera tardía, por el Facebook, y sólo acerté a llamarle a Adolfo por la noche para avisarle del deceso de nuestro amigo Gabriel Borunda. Nos queda el consuelo de que, en una de sus tantas entradas al hospital, fuimos a visitarlo los dos y a fin de no llegar con las manos vacías, le llevamos dulces de “La Gota de Miel”. Le gustaban mucho las golosinas, según nos informó Amelia, así que nos dio doble gusto haber acertado en el obsequio.

 A Gabriel lo conocí hace demasiado poco tiempo. Meses atrás, en relación con el Taller de Creación Literaria en el que decidimos incursionar Adolfo y yo, escribí una reflexión (Noche de San Juan) donde se lee: “Antes de continuar, es preciso que les narre cómo o porqué decidimos entrar. Navegaba yo por las procelosas aguas del Facebook, cuando me topé con una mención del Taller a cargo de Gabriel Borunda. Ahí nomás, sin mayores ceremonias, le envié un inbox solicitando información: ‘Hola. ¿Cómo le hago para entrar al taller?’; y con la sencillez y bonhomía que le caracterizan, el Maestro me respondió: ‘Sólo te esperamos a las siete los martes en el Museo Casa Redonda’. Así empezó esta aventura”. Con su partida, personas como Adolfo -o como yo- nos quedamos huérfanos a mitad de ese páramo que se llama: “Aprender a escribir”; ya no estarán ahí sus sabios consejos, sus útiles sugerencias, sus oportunas recomendaciones ni su gentil invitación para seguir escribiendo, tan necesarios para enfocar o centrar lo que iba saliendo de nuestra pluma.

 Al día siguiente, sin advertencia ni aviso previos, supe de la muerte de María Luisa Ugalde; a diferencia de Gabriel, a ella la conocí hace casi 20 años; en el transcurso de los cuales tuvimos oportunidad de coincidir en multitud de ocasiones. Narrar el cómo y el cuándo rebasaría, por mucho, el limitado espacio de estas líneas, sin embargo, en un afán de compendiarlas todas diré lo siguiente: Durante mis casi 25 años de experiencia parlamentaria, conocí decenas, sino es que cientos, de legisladoras y legisladores. Pues bien, cada vez que alguna o alguno me preguntaba, al arranque de la Legislatura, cuál Comisión o comisiones eran las más importantes, invariablemente les respondía lo mismo: “No hay comisiones importantes, no existen. Existen malos diputados y buenos diputados; éstos son los que hacen la diferencia”. Y siempre, siempre, siempre, tenía en mente a María Luisa Ugalde.

 Cuando la conocí, la señora Ugalde ya estaba instalada cómodamente en ese grupo al que suele llamarse “de la 3ª. edad”; ignoro cuántos años tenía entonces -y por delicadeza prefiero no especular-, pero me queda clara una cosa: La edad resultaba un asunto irrelevante. Los tres años que fungió como diputada fue un ejemplo de dedicación, de responsabilidad, de constancia. Corría el año de 1998 y la Comisión que le asignaron no podía ser más intrascendente en ese entonces: Ecología. La Diputada Ugalde trabajó de manera infatigable y a los meses, había presentado ya una Iniciativa que estaba muy por delante de su época, que sentó las bases para un debate de fondo sobre el tema y que sirvió de modelo, en mucho, a la Ley actual. Si al inicio de esa Legislatura alguien me hubiera dicho que el de ecología y medio ambiente iba a constituir un tema relevante en torno del cual habría de girar buena parte de nuestra labor, me habría echado a reír. El tema nos mantuvo ocupados tres años; y lo que es mejor, no nos mantuvo ocupados sólo a nosotros, mantuvo ocupado al Gobierno y lo obligó a afrontar el hecho de que había que debatir el tema y no mandarlo a la “congeladora”, destino previsible siempre que de iniciativas del PAN se trataba.

 La Diputada Ugalde, sinónimo de trabajo, de consistencia, de celo, de compromiso, fue también, en sus años mozos, aguerrida militante de un Partido Político en el que no era fácil militar. Acoso, represalias, persecuciones, eran el pan de cada día para los panistas de entonces y María Luisa, cuando incluso ser mujer a carta cabal era un asunto complicado, década tras década, en las duras y en las maduras, siguió ahí, como hasta el último día, a pie firme; magnífica, espléndida en su estoica determinación, a la que no le hacía falta subir a tribuna a lucir una pirotecnia verbal sin contenidos -única herramienta de los pobres de espíritu, que no tienen nada que dar ni nada han dado, excepto su discurso estéril, por inútil, por oportunista, por vacío-.

 Descansen en paz, doña María Luisa Ugalde y el maestro Gabriel Borunda; de quienes, a modo de modesto homenaje póstumo, sólo puedo decir que le doy gracias a Dios por la fortuna, la dicha, la honra, que me deparó haberlos conocido, haberlos frecuentado y haberles hecho saber, alguna vez, mi aprecio y mi admiración indeclinables.

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