Sesos y criadillas: oficio de luz y tinieblas el de la tercera edad PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Jueves, 02 de Junio de 2016 16:33

Luis Villegas Montes.

Vayamos primero al asunto de la luz. Al inicio y a mitad de la semana asistí a sendos espectáculos; el domingo, a ver a Juan Gabriel; el miércoles, a Raphael. ¿Qué le puedo decir? Sobran las palabras. Espléndidos los dos. A su edad, no falta quien les cuestione la calidad de su voz y les reclame que tal vez no sea la de hace 30 o 35 años; pero, ¿a quién le importa? Pocas veces tiene uno la oportunidad de gozar del talento y de la magia que despliega un verdadero artista. Yo no sé qué voy a estar haciendo dentro de 20 o 25 años y ni siquiera tengo una certeza meridiana de continuar vivo; pero sí sé que, de llegar, me gustaría tener la mitad de su brillo, de su enjundia, de su entusiasmo, de su lucidez, de su pleno dominio de la actividad a la que decidieron entregar sus vidas. No voy a describir el desarrollo de la presentación, baste decir que cantaron, cantaron, cantaron; y en el ínter, actuaron y entregaron lo mejor de sí mismos: Con un donaire, una bonhomía, un talento, una generosidad y una capacidad sin límites. Si Usted me constriñe a emplear una sola palabra para describirlos ésta salta a mis labios sin pensarlo: “¡Grandes!”. Eso es lo que son ambos; artistas magníficos que no saben de sus límites y son pura pasión, puro ánimo, toda voluntad y toda entrega.

Ahora vayamos al asunto de las elecciones. Si no fuera algo tan serio, este proceso electoral movería a risa; tantas las estupideces que se han dicho, tantas las idioteces que se leen; tantas las mentiras. De no ser por ese batidero (que lo contamina), el proceso en curso parecería una antigua comedia “blanca”; una de ésas en la cual, el guionista, a falta de otro recurso más eficaz, colma las deficiencias de la historia con pastelazos entre los protagonistas. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas! Vuelan los pasteles y en algún momento, a tanto dale y dale, el público estalla en risas cuando no en aplausos.

Mire Usted: Tres partidos de “oposición”, ¡Tres de ocho! (casi el 50 por ciento), se hallan postrados de hinojos -y con las posaderas al aire-; y la izquierda, esperanza frustrada de este País, no solamente se encuentra dividida y fragmentada hasta el hartazgo, sino que en Chihuahua -hágame Usted el refavrón cabor (diría mi papá)-, una de sus corriente está postulando a un personaje cuya candidatura, tal pareciera, se explica a raíz de un solo propósito: Restarle votos a la única oposición plausible de este País. Si Usted duda de lo acertado del señalamiento anterior piense en la candidatura de un personaje tan oscuro, siniestro y vil como Cruz Pérez Cuéllar, cuya aspiración no puede tener otra pretensión que escupir en la cara de su compadre, cansado de las patadas bajo la mesa que le propinó en un pasado no tan lejano cuando, como líder con licencia de su Partido y abanderado del mismo en Juárez, fue capaz de bajezas inauditas, entre ellas, hundir la candidatura de su amigo y alter ego de muchos años (que se cuiden sus aliados de hogaño, que se cuide “Fer” Reyes, porque en una de esas hasta sin calzones los deja y sin quitarles los pantalones siquiera).

Pero el colmo, la verdadera náusea, es el asunto de los “independientes”. Bueno, hasta el mote de “independientes” es preciso ponerlo en duda. ¿Independencia de qué? Si pertenecen a la oligarquía más rancia del Estado y aunque el dinero ciertamente no tenga color, los negocios sí, pues buena parte de éstos se siguen haciendo con el Gobierno. Lo triste del caso no es que su independencia les alcance hasta donde la correa de sus intereses económicos se los permita; lo verdaderamente lamentable es el paupérrimo espectáculo que han protagonizado sus más conspicuos liderazgos desde hace semanas. Ciertamente una posición económica acaudalada no constituye, per se, garantía de nada; pero es un hecho que brinda mejores oportunidades en la vida y, no por nada, la élite continúa siéndolo a partir de explotar en su beneficio las ventajas que el dinero, ése sí por sí mismo, otorga. Pues bien, ésa que debía ser una clase “ilustrada”, la “aristocracia intelectual” necesaria por la que clamaba Ortega y Gasset como faro del resto de la sociedad,1 es inculta, estúpida y ramplona como los hechos recientes lo demuestran; a tal grado de poner en duda la pertinencia de sus aspiraciones. Tristemente es posible, de ahí para abajo, calibrar las dimensiones intelectuales -y morales- de nuestros ciudadanos metidos a políticos; incluso de aquellos que, por su solo origen, podrían hacer que titilara un rayito de esperanza (¡en la madre, esa metáfora me salió muy lopezobradoriana!).

Como sea, el resultado del próximo domingo dependerá en buena medida de estos señores, particularmente del “Chacho” Barraza (que de “chacho” me imagino que sólo le queda la incontinencia); y quien tiene una oportunidad histórica de reivindicar -no ya la posibilidad de que los ciudadanos hagan política, no señor-; sino otra más importante, más necesaria, más útil: Demostrar que la verdadera política es un platillo de sesos y criadillas y que él los tiene.

Empero, vistas las vísperas, me imagino que, como el conejito de Duracell, no va a parar hasta mandar al traste la construcción de una oposición auténtica, cabal, inteligente y comprometida, tan necesaria para este País. Qué lejos está el Chacho de ese par de divos magníficos a los que aludí en un principio. ¡Qué lejos de su lucidez, de su disposición y de su entrega! ¡Qué viejito, qué desahuciado, qué imbécil, qué egoísta, qué miserable!

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[1] Inglaterra ha crecido como país impulsado por clubs, agrupaciones, asociaciones, grupos de interés o ligas que han nutrido de sentido y orientación a las élites encargadas de fabricar el futuro” y “Ni es el dinero el que hace ricas a las naciones, sino la cultura y el saber”. GRACIA, Jordi. José Ortega y Gasset. Serie: Españoles eminentes. 1ª. edición (en México). Taurus y Fundación Juan March. México. 2015. Págs. 90 y 176.

 

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