Espíritu Olímpico PDF Imprimir E-mail
Opinión - Devenir
Escrito por Valentín Ramírez Llanes   
Lunes, 22 de Agosto de 2016 07:07

Valentín Ramírez Llanes.

A propósito de la reciente clausura de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, donde participaron aproximadamente 10,500 deportistas integrados en 207 delegaciones y compitieron en 42 disciplinas, incluyendo a los refugiados, justo es subrayar el espíritu olímpico que ha privado y debe privar desde la fundación de los modernos Juegos Olímpicos en Atenas, iniciados por el filosofo Barón Pierre de Coubertin, en un mes de abril de 1896.

Para empezar el espíritu olímpico no está relacionado solamente con el altius, citius, fortius -frase de la cual es creador el padre dominico francés Henri Didon, que se acogió como lema olímpico- referente a las hablidades fisicas y neuromusculares que permiten ir cada vez más lejos y lograr mejores marcas y tempos, sino con un espíritu que ensancha cada vez más la interelación humana, la sana convivencia, el acercamientos entre los hombres y mujeres del mundo, que abone cada vez más a un mejor entendimiento y respeto por el otro, acorde con el original espíritu de las antiguas olimpiadas en la Grecia Clásica, que se pactaron como tregua en aquellas guerras interminables entre griegos y que unió igual a Argivos y Mesenios, a Espartanos y Atenienses, unidos todos por el deporte, compitiendo por la grandeza de la humanidad.

Obvio que no se trata del espíritu entendido como entidad no corpórea, propio de religiones, ni del espíritu santo, la santa trinidad, menos del espíritu de la golosina, que adelgaza cada vez más al cuerpo, sino del espíritu como sinónimo de fortaleza del carácter, que impulsa el ánimo y fortalece la voluntad y la actitud, en organización armónica de la pesonalidad, que se conjuga en un ferviente deseo por no solo terminar la prueba e ir en pos de una medalla, sino en salir adelante en apoyo a los demás atletas, aún a costa de dejar el oro, la plata o el  bronce, como sucedió en algunos casos de solidaridad verdaderamente olímpica, sinónimo de grandeza, que enlatece a las personas y los hace acreedores a la "Medalla de Oro", denominada “Barón Pierre de Coubertin” por sus valores solidarios.

El espíritu en general, es un concepto abstracto que, independientemente de las creencias en lo sobrenatural, se considera como parte del alma de una persona que lo anima e impulsa, cual soplo viviente etéreo, a lograr lo que se propone. Se considera igualmente como el “aspecto racional del alma”, que muchas veces de manera inexplicable, conlleva a un cuerpo cansado a levantarse y culminar la prueba a la que fue sometido, como igual sucedió con el maratonista argentino Federico Bruno, que se derrumbó de cansancio y se levantó a pesar de estar desfallecido, para terminar caminado de lado hasta la meta, en cierre conmovedor. No se puede decir que sé es olímpico, si no terminas la prueba en la que participas, dijo el Ché.

El caso de la corredora de Nueva Zelanda, Nikki Hamblin, que tropezó y cayó en la pista junto a la estadounidense Abbey D'Agostino, la atleta se detuvo para levantarla, continuar y seguir hasta terminar en último lugar, que fueron por su conducta premiadas avanzando a la final, además del británico de origen Somalí,  Mo Farah, que se cayó en los 10 mil metros, se levantó, se recuperó y terminó ganando la prueba. 

El espíritu olímpico motiva a los atletas de todos los países para primero llegar a los juegos, vivir y disfrutar su momento. Pero cuando las cosas no van bien, es ahí cuando ese espíritu se engrandece.

Incluso se le utiliza como sinónimo de recia personalidad, fuerza de carácter y enorme potencial de energía humana, que puede afrontar todos los obstáculos, sin rendirse, ni claudicar jamás.

En sentido estrico, y como parte de un sentido común, el espíritu olímpico se puede interpretar como el plus que un atleta le agrega a su actuación, con un ánimo sobrado, para culminar con un compromiso contraido bajo el respeto irrestricto a las reglas, que los hace más humanos, en tarea inspirada, vigorosa y vivaz, precedida de gran aliento, que caracteriza a los hombres que buscan retos y los resuelven con alto espíritu, convivencia y respeto total, ganen o pierdan, implanten récords o no, que en muchos casos es considerado más valiosos que el resultado de la propia justa deportiva.

El camino de la preservación y exaltación del espíritu olímpico viene desde 1986, rehabilitado 1,503 años después de las originales olimpiadas registradas en la Grecia clásica en los siglos III -IV antes de Cristo, en un camino sinuoso que ha sido largo y dificultoso, pero siempre superable y superado.

El Barón de Pierre de Coubertín sustentó esa filosofía, apoyado en las bases de la educación griega, que bastante conocía, y que hacía prevalecer la educación del cuerpo a través del movimiento, la lucha, el pancracio para recrear la fuerza de carácter, la gimnasia, como expresión de la belleza a través de habilidades, destrezas y coordinaciones neuromusculares, apoyadas en saltos, lanzamientos, carreras y fuerza, como actividades naturales del hombre.

El sustento procedía de las virtudes que encarna la propia educación física, como expresión que permite un desarrollo integral de niños y jóvenes, que alcanza a promover no solo habilidades físicas y desarrollos musculares, sino de manera muy importante la socialización suficiente e interrelación con los demás, que en el marco del respeto a las normas, reglas y principios, enaltecen la figura humana.

Defensor a fondo del movimiento del olimpismo internacional, Coubertín no solo trabajo de manera incansable para integrar la nueva fase de los Juegos Olímpicos que en la Grecia Clásica se realizaban cada cuatro años como tregua a las interminables guerras entre Argivos y Mesenios, Espartanos y Atenienses, y que en la actualdad siguen siendo una tregua para borrar las diferencias de razas, religión y política, que deben unir a los pueblos de los cinco continentes, unidos todos por el deporte, compitiendo todos por la grandeza de la humanidad.

Atletas que en esa época de guerras en la Grecia se daban reposo para compartir en demostración de sus habilidades, al tiempo que estrechaban sus relaciones como seres humanos, en una serie de actividades prototípicas de los guerreros de esa época, como lanzar jabalina, impulsar el peso y enviar el martillo lo más lejos, correr a toda velocidad, luchar, buscar imponerse en distancias largas, al estilo de la carrera hasta Maraton de Filìpides y además otras actividades artisticas y culturales, que propiciaban el acercamiento y las buenas relación con un alto espíritu olímpico.

El sustento para subrayar ese alto espípitu olímpico, que utilizó Coubertín, se encuentra inserto en su pedagogía y filosofía del deporte, que tenía como objetivo fundamental, establecer un programa educativo donde se contemplara la educación física en la formación integral de los estudiantes, que en 1887 encontró como propuesta en campañas de los “higienistas” sobre el “agotamiento escolar”, un remedio a la organización y utilización sana y positiva del tiempo libre, que contribuya al desarrollo físico y del carácter.

A partir de esa base, junto a la competencia se exalta el ejercicio y puesta en práctica de valores, entendidos como aquellas cualidades que son anheladas y perseguidas por el ser humano, que fortalecen al espíritu y conforman una personalidad más sana e integral, que propicie una convivencia excelsa y sobre todo humanitaria, como debe ser lo propio de su naturaleza.

Sin duda alguna, el restablecimiento del espíritu olímpico concebido en la era moderna de estos juegos por el Barón de Coubertin, marcó para siempre al Olimpismo como un gran sistema, como un estado mental, que permean en la formación y despegue del sentido humanista de los participantes en unos juegos olímpicos, que tienen el valor de ir más allá de solamente acariciar el logro de medallas e implantar récords y tiempos increíbles, sino el de favorecer la solidaridad, la convivencia, el acercamiento, la equidad de género, el ambientalismo y el internacionalismo, contra la intolerancia, la segregación, el racismo y la exclusión.

Nunca antes una palabra como la de espìritu olimpíco, había tenido tanto significado para generar voluntades de acero, apoyados en un espíritu altamente olimpista que hace del hombre un ser humano en toda la extensión de la palabra.

Y la tregua frente a la guerra, continúa, en la preservación de ese alto espíritu que se justifica a través del deporte, compitiendo todos por la grandeza de la humanidad.

Excelente el logro de las cinco medallas de México. Felicidades: Lupita González plata en 20 kilómetros caminata; Germán Sánchez plata en clavados y María del Rosario Espinoza plata en taekwondo; chihuahuense Misael Rodríguez bronce en boxeo y Abraham Hernández bronce en pentatlón moderno.