Otra vez el TLCAN PDF Imprimir E-mail
Opinión - Devenir
Escrito por Isaías Orozco Gómez   
Domingo, 21 de Mayo de 2017 19:38

Isaías Orozco Gómez.

Extrañamente, quienes durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se opusieron desde sus orígenes al Tratado de Libre Comercio (TLC) entre México, USA y Canadá, el cual, después de las diversas manifestaciones,  entró en vigor el 1 de enero de 1994; casi paralelamente, al surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el estado de Chiapas, en los momentos actuales en que el presidente estadounidense Donald Trump, amenaza con salirse del TLC o renegociarlo con ventajas aún más leoninas que las hasta ahorita gozadas por ellos y  sufridas por los mexicanos: no aparecen, no se escuchan  por ningún lado, exigiendo su derogación definitiva o cuestionando a fondo su operatividad y resultados muy favorables a los intereses del capital neoliberal globalizador, claramente en detrimento de nuestra economía.

Por supuesto que aquellas protestas oponiéndose a la política económica aplicada nacional y exteriormente durante el sexenio (1988-1994) de Carlos Salinas de Gortari, se explican y pasado el tiempo quedaron también justificadas. Esa política económica asumida por Salinas de Gortari, fue el modelo neoliberal, concretado en 1990 cuando se reprivatizó al cien por ciento la banca nacionalizada ocho años atrás; cuando de las 412 empresas públicas-gubernamentales que existían a fines del gobierno de Miguel de la Madrid, Salinas privatizó cerca de 300 empresas de gran valor económico y de una importancia estratégica.

Y para mayor zozobra y enojo del pueblo, principalmente de las fuerzas progresistas y de izquierdas nacionalistas y patrióticas, se reprivatizaron también: Teléfonos de México, Fertilizantes Mexicanos (Fertimex), Altos Hornos de México, líneas aéreas como Aeroméxico y Mexicana de Aviación, empresas mineras, ingenios azucareros, estaciones de televisión como los canales 7 y 13 de cobertura nacional y algunos canales de televisión de “provincia”, cines y teatros, constructoras de equipos de transporte, la construcción y operación de carreteras y/o autopistas, la generación de energía eléctrica para el autoconsumo de empresas, etcétera. Por lo pronto, Pemex –principal generadora de impuestos para el Estado–, se mantuvo como propiedad estatal, pero el área de exploración se abrió al capital privado, al igual que la mitad del rubro de la petroquímica, hasta entonces considerados exclusivos de Pemex.

Junto con esas reprivatizaciones y privatizaciones, la alianza del régimen salinista con el capital privado –nacional y extranjero– también continuó imparable con una de las políticas centrales en todos los procesos del imperio capitalista neoliberal y globalizador: la disminución del gasto público, reduciendo evidentemente los subsidios y compromisos del Estado, del gobierno federal con la sociedad mexicana. Sobre todo en aspectos tan sentidos como la educación, la salud, el apoyo al campo…

Aunado a todo lo anteriormente descrito –para acabarla de amolar–, el lunes 11 de junio de 1990, los presidentes George Bush de los USA y Carlos Salinas de Gortari de los EUM, emitieron en la ciudad de Washington, D.C. una declaración conjunta, según la cual se buscaría llegar a un Acuerdo Libre de Comercio (ALC) entre ambas naciones. Tema que siguió tratándose por ambos mandatarios en la reunión conocida como “Cumbre de Monterrey” efectuada los días 26 y 27 de noviembre de 1990, en la que se acordó proseguir con el ALC, quedando en juego el cambio de las políticas petroleras del gobierno mexicano. El mismo día 27 de noviembre, la Dirección General de Comunicación Social de la presidencia, hizo llegar a los medios de información un comunicado de prensa referente a la conclusión de la citada cumbre, declarando entre otras cosas que: “Los presidentes reafirmaron su compromiso sobre la necesidad de promover la liberación del comercio y la negociación del ALC entre México y Estados Unidos, ponderando la forma como se podría considerar la incorporación de Canadá  dichas negociaciones.

No es por demás agregar, que pocos días antes del encuentro de la “Cumbre de Monterrey”, el presidente  Bush, mostró abiertamente su interés en el comercio bilateral y, destacadamente: en el PETRÓLEO de México.

Ante tal realidad de la política económica salinista, entra en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAM), separándose la República Mexicana, formalmente de Centroamérica y Sudamérica, para “integrarse” a “Norteamérica”, formando parte del modelo neoliberal de reestructuración capitalista a nivel mundial, impulsado por gran capital financiero y transnacional. Lo que significó para México, entrar de lleno a la GLOBALIZACIÓN, basado en abrir las puertas de la Patria mexicana al comercio mundial y a la formación de bloques económicos allende las fronteras nacionales, así como aceptar los cambios que vinieran del extranjero, eminentemente del Tío SAM.

Desde luego, por aquello de que “palo dado, ni Dios lo quita”, un tanto optimistamente, se pensó que el TLCAN favorecería a México siempre y cuando el Estado Mexicano, realizara los cambios y apoyos requeridos para COMPETIR abiertamente en los mercados “gringo” y canadiense. Asimismo, se dijo que con el TLC se deberían crear empleos en todo el territorio nacional y mejorar las condiciones de vida de la población: mejorar sustancialmente los salarios, servicios de salud y educación en niveles PARECIDOS a los de USA y Canadá, de otro modo la migración de mexicanos hacia al país vecino del norte continuaría, y el resentimiento del pueblo se agudizaría peligrosamente, y podrían explotar violentamente, tal y como sucedió entre la etnias originarias de Chiapas en los primeros días de 1994.

Desafortunadamente, la realidad de las esperanzas en el TLCAN nos mostró otra cara: fuga de capitales y especulación en la bolsa de valores, las reservas del país disminuyeron por el pago de intereses de la estratosférica deuda, creció el desempleo y la falta de empleos, el salario siguió sin poder adquisitivo, muchas empresas cerraron y tuvieron que despedir a sus trabajadores y, sobre todo, el peso se encontraba sobrevaluado con respecto al dólar.

El evidente malestar de la clase trabajadora urbana y rural por la insoportable crisis económica, los llevó a reorganizarse y reagruparse en centrales de lucha como EL BARZÓN, pues ya estando en el “poder” Ernesto Zedillo, en lugar de apoyar a los deudores fregados y más jodidos, con el apoyo del PRI y del PAN, subsidió a los banqueros comprando la cartera vencida, es decir, las deudas no pagadas, a través del Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa), que después se transformó en el Instituto para el Ahorro Bancario (IPAB), en lugar de invertir esas estratosféricos montos monetarios, en obras que beneficiaran las familias del proletariado del país. Desde luego, Zedillo no se quedó atrás con el TLC, ya que entre otras acciones: vendió los ferrocarriles y algunos puertos, aeropuertos y carreteras, concesionó la telefonía de larga distancia y aprobó licitaciones para distribuir gas natural y proveer de energía eléctrica a la iniciativa privada.

Por último, si como en otras ocasiones, los del Poder Ejecutivo federal y Legislativo de los EUM –preeminentemente–, van a “renegociar” y firmar la persistencia del TLCAN, no deben olvidar que para ser verdaderamente COMPETITIVOS, se requiere: suficiente y oportuna capacidad de todo el Sistema Educativo nacional, máxima disminución de la “deserción” escolar en todos los niveles y modalidades, óptimos resultados del proceso enseñanza-aprendizaje,  incremento sustancial del PIB para fortalecer la investigación básica en  la ciencia y  la tecnología, vincular la investigación con la problemática nacional en beneficio de todo el pueblo de México.

Suma importancia tiene el que se considere al CAMPO como prioritario en la economía de todo el territorio nacional, con miras a volver a ser autosuficientes en el sector agropecuario y nos quede producción para la exportación.