Mi Princesa PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Escrito por Luis Villegas Montes   
Jueves, 21 de Septiembre de 2017 05:06

Luis Villegas Montes.

Con toda la malevolencia de que soy capaz —ni es tanta— he titulado estos párrafos con el encabezado anterior. Explícome:

En un artículo previo me dolía de que, en el uso del lenguaje cotidiano, cualquier mentecato puede reconvenirlo a uno por sus creencias religiosas; la puerta está abierta para la descalificación a partir de pseudorazonamientos “científicos” o “racionales”.

Otro tanto ocurre con ese feminismo recalcitrante que en gestos tan nimios como abrirle la puerta a una mujer por parte de un varón (de “damas” y “caballeros” ni hablar) ven un resabio de machismo malamansado que requiere, ipso facto, la reeducación del interfecto. La semana pasada leí un post idiota que clama porque eduquemos a los hombres para que no maten mujeres; estoy de acuerdo en que resulta imprescindible poner manos a la obra; y juntito a ese curso, enseguidita, organizar otro para educar a las mujeres a fin de que no caigan en las garras del primer imbécil que pasa y les cierra un ojo; que aprendan a calcular bien los qués, los cómos y los cuándos; y al primer amago de violencia pongan pies en polvorosa o se agarren a madrazos. Pues bien, estupideces de ese tipo —que sólo reparan en un lado del asunto y suelen culpar a los hombres (machos: ¡auuuuuuuu!)— abundan; me parece el colmo empezar a generalizar a partir de casos aislados; sentar esclarecedoras verdades universales a partir de inferencias más o menos caprichosas.

Yo crie una niña a la que jamás me cansé de decirle: “Mi Princesa” y eso no le provocó ningún retraso mental; ella misma asume, tiene ya 21 añitos, que era de un modo y la madurez la ha ido transformando en alguien distinta de la que solía ser: anoche, Mi Princesa y yo sostuvimos una charla sobre los experimentos nucleares de Corea del Norte; me llenó de júbilo y azoro, por igual, escuchar su escepticismo respecto de las implicaciones geopolíticas de la demencia de Kim Jong-un; hablábamos de la alianza estratégica con China y de cómo ésta se resiste a intervenir en la disputa que sostienen el líder norcoreano y el orate de Trump (lo de “par de locos” lo dijo Mi Princesa, no yo; conste). Mi Princesa estaba enterada del amago perpetrado contra Japón de hace semanas;1 y estaba inquieta por ese clima de tensa calma; también está al tanto de lo que ocurre en México y en Chihuahua, de las desgracias que nos afligen en esta hora aciaga.

Mi Princesa estudia, va a la universidad; sufraga parcialmente sus gastos, da clases de inglés; y la única locura que le sé es ésa de que dejó a Silvan, su novio francés; tiemblo de pensar que se vaya a enamorar de un chino (¡qué cosas tan feas!) —Ya, ya, sé que el comentario se lee xenófobo; sirva para compensarlo el hecho de que es el mismo que repito todas las mañanas frente al espejo—.

Como sea, Mi Princesa no está imbécil porque creció en un hogar con roles claramente diferenciados —ni Luis o Adolfo son brutos que escupen de lado por una de las comisuras mientras muerden un palillo, intentan “ligar” a cuanta mujer se les contonea enfrente y se frotan “el paquete”—; tampoco la inteligencia natural de Mi Princesa se vio mermada porque desde el día en que nació se le dio un trato de “niña”; casualmente, ¿saben?, Mi Princesa era una niña para ese entonces; así como ahora es una mujer; y esa certeza, no le ha generado ningún conflicto, ni trastorno de la personalidad, ni la ha limitado o impedido para comenzar a autodefinirse, ni provocado incontinencia (digo, es que son tantas las posibilidades).

Mi Princesa es una mujer que se descubre a diario a sí misma y enchinarse las pestañas o usar toneladas de acondicionador para el pelo —porque lo tiene largo y hermoso— no le mata neuronas. En realidad me preocupan más esas personas, mujeres o no, que en gestos nimios, banales e inocuos, reconocen un ataque furibundo o cuando menos un agravio en marcha a su modo de ser o entender la vida; creo que es un síntoma de inseguridad galopante, militante amargura o estupidez lisa y llana. ¡’Ora resulta que para estar mentalmente sano necesito usar falda! (de eso tratan de convencernos).

Por lo pronto, confío en que Mi Princesa siga siéndolo por muchos años; y que mis dos nietas sean princesas también y eso no constituya un impedimento para que se realicen como seres humanos; que las tres crezcan fuertes y emocionalmente sanas, puedan ponerle un alto al primer pelafustán que les falte al respeto y, algún día, sean capaces de decirle “Mi Princesa” a una lindura que nos perpetúe en el amor.

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