Por sobre todas las cosas PDF Imprimir E-mail
Opinión - Devenir
Escrito por Benito Abraham Orozco Andrade   
Sábado, 02 de Diciembre de 2017 05:52

Benito Abraham Orozco Andrade.

“Les dimos cosas y no valores a los jóvenes” Monseñor Willie Peña

Tal parece que el pretender defender las tradiciones familiares de generaciones y los valores que estas implican, ahora viene a ser algo pasado de moda, contrario en muchos casos a lo que actualmente se considera como derechos humanos (matrimonios homoparentales y adopción de niños por parte de estos, aborto, etc.), e incluso actos intolerantes.

Lamentablemente, muchos derechos se han venido convirtiendo en los detractores de los valores, de aquellos que formaron a nuestros padres y a nuestros abuelos, a nosotros mismos, y que forjaron generaciones de hombres de bien, preocupados por sus familias y por las demás personas a su alrededor, fomentando relaciones interpersonales como una condición natural del ser humano.

Hace unos días, en un retiro con Mons. Willie Peña, sacerdote cubano-boricua de gran trayectoria que, a invitación de Mons. Luis Leonardo Padilla Lomelí, otro sacerdote de incuestionable prestigio, año con año ha estado acudiendo a la ciudad de Chihuahua con el propósito de compartir su experiencia con feligreses de distintas parroquias, haciendo énfasis en el reciente retiro, en las cosas que nos ofrece esta “post modernidad”.

Con un estilo sumamente ameno, sin restarle seriedad a su prédica, Mons. Willie Peña abordó, entre otros –palabras más, palabras menos-, el tema de la transformación que ha sufrido la familia, la cual ha venido experimentando un sentido individualista y materialista, en el que cada integrante no tiene interés en convivir con los demás miembros de ese núcleo, buscando sólo su satisfacción personal, encerrándose en su habitación para entretenerse con su televisión, teléfono celular y/o computadora.

Además, señaló que “una nalgada a tiempo” puede evitar la formación de una mala persona, tal como sucedió con las generaciones anteriores, manifestando su agradecimiento hacia sus padres que hicieron lo propio con él, obviamente sin sobrepasarse en las medidas disciplinarias, pues aunado a lo anterior, destacó la entrega y preocupación de parte de ellos hacia él y hacia sus hermanos.

Por otra parte, hizo alusión a los tiempos violentos por los que estamos pasando, mencionando que esas y otras situaciones se deben a la ausencia de valores, al olvido que hemos tenido hacia Dios, señalando que todo eso tendría solución si nos empeñáramos en “amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo”.

Efectivamente, más que un “progreso” estamos viviendo un verdadero retroceso, pues ahora no podemos tocar –literalmente- a nuestros hijos “ni con el pétalo de una rosa”, y paradójicamente estamos a expensas de sus caprichos y estados de ánimo, para “atrevernos” a llamarles la atención por sus conductas impropias.

Asimismo, el invocar nuestra fe en Dios se hace ver -por no pocos- como algo anticuado y ridículo, de personas “persignadas” que todo lo ven mal y que son intolerantes ante las nuevas modas o derechos, sin reparar esos detractores que con esa visión tan limitada los intolerantes son precisamente ellos, pues ahora resulta que si se defiende a la familia tradicional (compuesta por mamá y papá), esto viene a ser una afrenta hacia los matrimonios formados por personas del mismo sexo, aún y cuando se trate del derecho de optar y de defender otras alternativas, sobre todo cuando se supone vivimos en un régimen democrático que implica valores como el de la pluralidad, la tolerancia y la libertad.

Respecto del tema que nos ocupa, mi convicción ha sido que debemos respetar a las personas que tienen una forma de ser y de pensar distinta a la de nosotros –de lo cual he dado muestras de distintas maneras-, pero también lo es que debemos pugnar por fortalecer a la familia tradicional como base fundamental de la sociedad; fomentar la construcción de la identidad del hombre y de la mujer de manera diferenciada, sin soslayar la equidad de género; manifestar nuestras ideas y exigencias con respeto a los demás; privilegiar el derecho a la vida; etc.

En un hogar donde se tiene la presencia de Dios y de los valores que nos vinieron transmitiendo por generaciones, las cosas son muy distintas a donde no hay tal vivencia, y padecen de ceguera quienes no lo quieren ver así. Es tan fácil comprobarlo, pues si de manera honesta y objetiva hacemos un comparativo con familias y/o personas que viven en esos entornos (no estamos hablando de seudo creyentes y personas de bien en apariencia), indudablemente la diferencia será muy marcada en la mayoría de los casos.

Un hogar en donde prevalezca el amor, la sana y constante convivencia, la solidaridad, el esfuerzo por un bienestar común y la fidelidad, entre otras virtudes, difícilmente podrá existir donde se carezca de esa fe y valores.

Como lo he hecho en otras ocasiones cuando toco temas tan “escabrosos” para algunos, es menester invocar una frase que se le atribuye a Voltaire: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”.

De antemano una disculpa a Mons. Willie Peña si es que algunas de las citas que hago de él no son del todo exactas, pues tenga la seguridad ha sido involuntario. 

 

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