Obama ante Dylan: Alfonso López Collada PDF Imprimir E-mail
Opinión - Alfonso López Collada
Domingo, 13 de Diciembre de 2009 12:25
La paradoja es para la historia: al recibir el Premio Nóbel de la Paz, el presidente Obama defendió la guerra. Para justificar su contradicción echó mano de ejemplos bien elegidos entre los menos discutibles de la historia. Su discurso, como todos, fue excelente. Abrió con agradecimiento y corazón sencillo. “Reconoció la controversia desencadenada tras la decisión de premiarlo a él, “en parte porque estoy al inicio, y no al final, de mis labores en el escenario mundial. Comparado con algunos de los gigantes de la historia que han recibido este premio, Schweitzer, King, Marshall y Mandela, mis logros son pequeños”. De acuerdo.
Más adelante su elocución tocó varios puntos sensibles que vale la pena revisar. Por ejemplo, alejó de sus manos y de su decisión la posibilidad de llegar a la paz, tema de su condecoración, cuando afirmó que “A veces la guerra es necesaria…” Es evidente que las guerras tienen siempre propósitos económicos y los gobiernos de Estados Unidos no son excepción. En 1962 cantaba Bob Dylan: “¿Cuántas muertes serán necesarias antes de que él sepa que ha muerto demasiada gente?”.
Obama fondeó en el fatalismo: “…en cierta medida, la guerra es una expresión de la naturaleza humana”. Dicha en un discurso emotivo esta frase puede pasar por verdad sólida; pero si se le piensa, no. Para empezar, porque nos regresa a la jungla, de donde supuestamente ya salimos; asumir la afirmación lleva a la claudicación de la inteligencia, la voluntad y la libertad como distintivas del ser humano. Se le olvidó al presidente que en el primer párrafo de su discurso había dicho: “No somos prisioneros del destino; nuestras acciones  importan y pueden cambiar la historia en la dirección de la justicia”.
Para que los presentes quitaran de su mente cualquier alternativa, Obama reforzó: “Un movimiento pacífico no podría haber detenido los ejércitos de Hitler” –recordar sus miedos al auditorio siempre facilita su convencimiento, pues se omite el raciocinio. Y siguió: “Las negociaciones no logran convencer a los líderes de Al-Qaeda de dejar las armas”. Tampoco a los líderes del país que gobierna usted, distinguido ganador del Nóbel de la Paz. Dylan: “¿Cuántas veces puede un hombre voltear la cabeza y fingir que simplemente no ve?”.
Aprovecha para pedir perdón sin tener que pedirlo, y luego suelta otra: “Sin importar los errores que hayamos cometido, el hecho es éste: Estados Unidos ha ayudado a proteger la seguridad global por más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y la fuerza de nuestras armas”. La contradicción de esta frase se oculta detrás de su elegancia y de su remate, digno de un himno. Comencemos con la primera parte de la oración: 
“Estados Unidos ha ayudado a proteger la seguridad global por más de seis décadas…”. La seguridad que siente el pueblo norteamericano con una “guerra justa” difícilmente será compartida por muchas otras naciones del globo. Entonces, no aplica el término “global”. Por otra parte, ¿cuál será el sentimiento, a nivel calle, que tienen los habitantes de Afganistán, Irán, Irak, et al? Señor Obama, que le manda decir el señor Dylan que “¿Cuántos oídos debe un hombre tener antes de que logre oír a la gente llorar?”.
Antes de un año fue a dar al archivero aquel Obama que, con la misma capacidad oratoria, veía un horizonte de justicia para todos. Sale a relucir un hombre que piensa en un sentido y actúa –se cree que por enormes presiones– en el opuesto. Nada nuevo para nosotros, los mexicanos.
Me parece que Obama no estaba obligado a aceptar el premio. Muchos grandes hombres antes que él han declinado con ejemplar pudor. ¿O también a esto le obligaron?