Una noble vocación PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Benito Abraham Orozco Andrade   
Lunes, 13 de Mayo de 2019 16:11

 

Benito Abraham Orozco Andrade.

 

“Enseñar exige seguridad, capacidad profesional y generosidad”

Paulo Freire

 

La posibilidad que tenemos de leer algún texto y de comprender su contenido (sea en nuestro idioma o en alguno otro); de conocer, ejercer y cumplir los derechos y obligaciones que tenemos como ciudadanos; de hacer los cálculos cotidianos y/o especializados para poder realizar diversas actividades, etc., seguramente en la gran mayoría de las personas son herramientas que nos han sido proporcionadas por un maestro en una institución educativa.

 

Esos educadores pudieron haber egresado de una escuela normal, de alguna otra licenciatura que complementaron con estudios adicionales para poder enseñar, o bien, simplemente traen consigo el “don” para transmitir conocimientos, siendo así que por las aulas universitarias (entre otros espacios) han dejado una gran huella memorables médicos, abogados, ingenieros, etc.

 

Una verdadera vocación de educar involucra un real interés por prepararse continuamente para dar lo mejor a niños, adolescentes, jóvenes y adultos, a quienes además debe procurárseles una incansable paciencia y dedicación, así como una amplia comprensión de los problemas que cada educando pudiera tener para asimilar de manera efectiva lo que se le pretende enseñar. El maestro con un genuino propósito de que sus alumnos aprendan, muchas veces tiene que ir más allá de lo que ocurre en el aula, preocupándose e involucrándose en situaciones personales y familiares que afectan a sus discípulos.

 

En lo personal, cuento con un referente que desde niño me ha permitido tener un sensible acercamiento con el magisterio, enterándome de esa manera de las luchas que ese gremio debió llevar a cabo –y sigue llevando- para que sus derechos fueran respetados. Mi padre, Isaías Orozco Gómez, en su larga trayectoria como educador, me ha dado una muestra satisfactoria del enorme reto que es ejercer esa noble vocación. Horas de dedicación dentro y fuera de la escuela, por décadas, seguramente es lo que ha provocado que cuando he tenido la oportunidad de platicar con quienes fueron sus alumnos, me expresen con orgullo sus gratos recuerdos de mi padre, mencionándole como “un auténtico maestro”. Mi reconocimiento y admiración hacia él.

 

En mi paso por las diferentes etapas escolares, tuve la fortuna de que maestras y maestros con una marcada vocación contribuyeran en mi formación como persona de bien y como profesionista, recordando con cariño a algunos de ellos (indudablemente mi mala memoria me hará cometer graves omisiones, de las que pido me disculpen).

 

En el jardín de niños “20 de Noviembre” que se ubicaba en la calle 13 esquina con la avenida del mismo nombre (20 de noviembre), de la ciudad de Chihuahua, recibí el cariño de sus educadoras de quienes lamentablemente no recuerdo cómo se llamaban. Su cuidado maternal difícilmente se olvidará.

 

De la escuela primaria “Praxedis G. Guerrero” turno matutino, de la entrañable colonia Obrera, la maestra Delfina nos ofreció una estricta enseñanza, acompañada de una tierna comprensión de las dificultades que cada uno teníamos. La directora, la maestra María López, tuvo que lidiar con muchos alumnos que nos caracterizamos por ser sumamente inquietos –por no decir vagos-.

 

De la secundaria estatal número 5, tengo muy buenos recuerdos de los profesores Rosendo Gutiérrez y Arturo Belkotosky (con quien también coincidí en la escuela secundaria “Dr. Ignacio González Estavillo”), así como del director Carlos Avitia. En el Colegio de Bachilleres plantel número 2 turno vespertino, conté con la muy apreciable guía de los maestros Ofelia Bravo, Agustín Pando, Joel Ramírez y Leopoldo Sáenz.

 

De mi experiencia en las aulas de la Facultad de Derecho de UACH, recuerdo con agrado a los maestros Jesús Villalobos Jión, Manuel Juárez, Claudina Romero, Leobardo Meza Santini, Héctor Hernández Varela, Jorge Mazpulez Pérez, Reyes Humberto de las Casas Duarte, Víctor Anchondo Paredes, Carlos del Rosal Paulín y Arturo Rico Bovio.

 

También tuve la fortuna de conocer a respetables maestros en otros ámbitos de la vida, recordando con cariño al Profr. Jesús Orozco Mendoza, a quien llegue a considerarlo como a un tío dada la estrecha amistad que tenía con mi padre, pues incluso entre ellos se decían “pariente”. Dicho maestro destacó por una gran sencillez y preocupación por los problemas del magisterio, lo que demostró cuando fue Secretario General de la sección Octava del SNTE. Un ser humano ejemplar.

 

A todos ellos, a mi esposa (quien en las aulas del Instituto Tecnológico de Monterrey ha dado muestras de esa vocación), a mi hija Paulina que egresó de la UPN, a mis hermanos que se han dedicado a la educación, así como al Dr. José Trinidad Olague de la Cruz, catedrático de la UANL y de la UABC, quien amablemente fue mi director de tesis de la maestría, les envío mi felicitación y mi reconocimiento con motivo del Día del Maestro.

 

No omito hacer mención y manifestar mi reconocimiento y felicitación especial, a todos aquellos educadores que, en condiciones adversas de inseguridad, clima, salario, persecución, regiones alejadas y olvidadas, entre otros infortunios, ejercen su profesión con el ahínco que motiva y exige esa loable vocación de enseñar a los demás.

 

El Clima