Sin ética no se es abogado PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Benito Abraham Orozco Andrade   
Lunes, 15 de Julio de 2019 19:32

Benito Abraham Orozco Andrade.

 

“Los hombres tienen dignidad y las cosas tienen precio” Emmanuel Kant

El lograr cursar una carrera profesional cuando alguien se lo propone, en la actualidad resulta de una alta asequibilidad, máxime si se realiza en una institución pública. Además, en múltiples casos existe la facilidad de obtener la enseñanza a distancia (virtual) y de acreditar el currículo respectivo por ese mismo medio.

La obtención de un título, en sí mismo, no debe ser el producto último para desempeñar una profesión. Si bien representa los años de esfuerzo en las aulas, tanto de maestros como del propio alumno ya egresado -e indudablemente en su mayoría también de su padre y de su madre-, no debe verse únicamente como una patente para allegarse de satisfactores materiales, sino también como una herramienta para ejercer un oficio en beneficio de los demás. Lo contrario, nada tiene que ver con el interés común.

Todas las profesiones exigen determinados parámetros para un ejercicio ideal, acorde con las exigencias y/o necesidades de la sociedad en la que se vive, que igual pueden estar contenidos en un código de ética y/o en un decálogo. Por ejemplo, quienes egresan como médicos ofrecen guiar su actuar en base al Juramento de Hipócrates, el que después de enunciar diferentes consejos para un desempeño honorable, en su último párrafo señala “Si observo con fidelidad mi juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí, la suerte adversa”.

La abogacía implica similar consideración, y a propósito de que el pasado 12 de julio -fecha instaurada para celebrar a tan noble profesión- fueron publicados en las redes sociales distintos mensajes para felicitar a quienes la ejercen, me llamó la atención que uno de ellos decía: “En un juicio no gana quien tiene la verdad, sino quien tiene el mejor abogado”.

Tal afirmación me resultó por demás abominable, pues precisamente un abogado debe aplicar sus conocimientos en favor de la justicia, la que según la RAE consiste en el “principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. Quien ha egresado de la Facultad de Derecho de la UACH, seguramente tendrá presente en la memoria -y ojalá también en el comportamiento- el lema de la misma: “Conocer el derecho, servir a la justicia”.

El jurista uruguayo Eduardo J. Couture, en una de las normas contenidas en su Decálogo del Abogado precisa: “Lucha. Tu deber es luchar por el Derecho; pero el día que encuentres en conflicto el Derecho con la justicia, lucha por la justicia”, lo que indica que el abogado no debe ejercer su profesión aplicando irreflexivamente sus conocimientos del derecho, sino combatirlo cuando este sea contrario a dar a cada quien lo que le corresponde o pertenece. El derecho es un instrumento para alcanzar la justicia.

Para José Campillo Sáinz, destacado jurista y político mexicano, “desempeñar una profesión es el ejercicio de un derecho y el cumplimiento de un deber, es recorrer el camino que hemos escogido para servir a los demás”, y hablando de la conciencia moral del jurista señala que el proceder conforme a la conciencia aunque sea errónea, es la norma fundamental de una conducta moral valiosa, y que al lado de la moral subjetiva, hay reglas objetivas de moral que van a iluminarnos para la solución de los casos concretos y a contribuir a la formación de una conciencia recta (Cátedra Magistral de inauguración del curso sobre Ética Profesional, Aula Magna Jacinto Pallares, Facultad de Derecho, UNAM, México, 6 de noviembre de 1991, pp. 146 y 152, obtenido de http://historico.juridicas.unam.mx/publica/librev/rev/facdermx/cont/181/tyo/tyo9.pdf). Es esa rectitud, esa integridad como persona y como profesionista, lo que debe regir el desempeño de un abogado.

Por otra parte, para Campillo Sáinz existen diversos principios generales de la ética profesional del abogado, entre otros el de no emplear los conocimientos sino al servicio de las causas justas, del cual entre otros aspectos menciona que “El abogado tiene libertad para aceptar o rechazar los asuntos en que se solicite su patrocinio; pero tiene el deber de no aceptar aquellos en los que deba de sostener tesis contrarias a sus convicciones, inclusive políticas o religiosas, o cuando no esté de acuerdo con el cliente en la forma de plantearlo o de desenvolverlo” (ídem, p. 155).

Si bien la citada afirmación de que “en un juicio no gana quien tiene la verdad, sino quien tiene el mejor abogado”, puede ser cierta en su primera parte considerando las consabidas componendas entre no pocos jueces y licenciados en derecho, pero querer involucrar esa noble profesión en tan desafortunada aseveración, deriva en el indebido desprestigio de los abogados en general.

Entre los principios referidos, Campillo Sáinz refiere el de la veracidad aduciendo como parte de el que “El abogado debe buscar la verdad y proceder con veracidad. Nos está prohibido alegar hechos falsos; hacer citas inexactas; preparar testigos mentirosos; falsificar documentos y, en general, realizar cualquier acto contrario a la verdad de los hechos o a la exactitud del derecho. La verdad y la justicia son valores íntimamente ligados” (ibidem, p. 156).

Por lo anterior, es completamente válido sostener que sin ética no se puede ser abogado.

 

El Clima