Los pobres, los explotados de latinoamérica y del caribe, triunfarán PDF Imprimir E-mail
Opinión - Devenir
Escrito por Isaías Orozco Gómez   
Domingo, 17 de Noviembre de 2019 17:09

Isaías Orozco Gómez.

 

El pérfido golpe de Estado en Bolivia, en contra de su presidente Evo Morales y de las etnias originarias que suman más del 60 por ciento de la población total de Bolivia,  invita a los hombres y mujeres de conciencia del Continente Americano y de todo el Globo Terráqueo, a revisar la historia contemporánea de los 35 países que conforman el segundo continente más extenso del Planeta Tierra, sobresalientemente desde los EUM hasta la Patagonia y el Caribe, para reflexionar y deducir lo más objetivamente posible, las causas que siguen provocando la lucha de  las etnias originarias, de los mestizos, de los pobres, de los explotados y de los discriminados del campo y la ciudad, por lograr, finalmente: la auténtica DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, con  un total Estado de Derecho y de Justicia Social.

         Aun cuando se dice que la historia no se repite. Parece ser que aquellas tres últimas décadas del S. XX asociadas al modelo neoliberal-conservador con las dictaduras institucionales de las fuerzas armadas y policiacas, cuyo modelo o paradigma a seguir era el sátrapa gobierno de Augusto Pinochet, de la actualmente muy expoliada República de Chile, trata de reposicionarse alentada y empujada por la derecha criolla neofascista proimperialista, así en México, como en Centroamérica, el Cono Sur y el Caribe. Desestimando que la clase trabajadora urbana y rural,   que  las etnias originarias,  que la ciudadanía en general,  en términos políticos y socioeconómicos han evidenciado un viraje hacia la izquierda o, al menos, de centroizquierda, como por ejemplo: Bolivia, Brasil, Chile, Uruguay, Venezuela y en parte Argentina.

         Viraje que a querer o no de las oligarquías criollas nazifascistas-neoliberales, en 2005, las economías del Cono Sur y de la Comunidad Andina y, en menor medida del Caribe, superaron los resultados de la economía mexicana y de las centroamericanas. A partir de entonces, siete países crecieron por encima del promedio regional: Venezuela (9 por ciento), Argentina (8,6 por ciento), República Dominicana (7 por ciento) y Chile, Panamá, Perú y Uruguay (6 por ciento). Por el contrario, las economías de Brasil y de los EUM (con gobiernos panistas), las dos mayores de América Latina, tuvieron un menor crecimiento.

         Sin embargo, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el desempleo es aún muy alto y una proporción creciente del empleo, incluso el formal, se hace en condiciones precarias (por ejemplo, contratos temporales o por honorarios), mientras los salarios reales no son equivalentes al repunte de las economías o a los periodos inflacionarios. Pero tan claro como esas constataciones –abunda la CEPAL– es otra, todavía más importante y decisiva para entender qué está pasando y, eventualmente, qué escenarios posibles pueden constituirse en el futuro inmediato.

         Lejos de decrecer, la desigualdad social se está incrementando de modo brutal. Se trata, es cierto, de una tendencia iniciada en 1950, que experimentó un salto considerable durante las dos últimas décadas del siglo XX, especialmente en la de 1990, pues la primera del siglo XXI no ha hecho más que ratificar y agrandar  el abismo entre los más ricos (que son poquísimos) y los más pobres que son la inmensa mayoría   de la población.

         De tal manera, Latinoamérica y el Caribe se han convertido en la REGIÓN MÁS DESIGUAL – ¿Y PAUPÉRRIMA?– DEL MUNDO.

         Por su parte, Louise Frechette, subsecretaria general de la ONU, en 2006, en un foro organizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), advirtió que, pese al palpable avance de la democracia en América Latina, había tendencias preocupantes derivadas de crecientes desigualdades sociales expresadas en brotes de crimen y violencia, los cuales, para muchos observadores, guardan relación directa con el incremento de  la pobreza y la miseria de la clase trabajadora. Y el poco terreno ganado en democracia contrasta con el desencanto del proceso mismo y con el impulso de modelos económicos nuevos [¿cómo el nefasto neoliberalismo globalizador?] que no se han traducido en beneficio de toda la población, sin ser ajena a tal desencanto, a tal incredulidad, la frustración por la inhabilidad de los gobiernos para responder y resolver  las profundas y ancestrales necesidades de los respectivos pueblos.

         Un claro ejemplo de la nueva protesta social y su rápida politización, es el alzamiento del EZLN en Chiapas (que, por cierto, no se ha sabido que hayan hecho algún pronunciamiento en solidaridad con el primer presidente indígena de Bolivia: Evo Morales) que demostró que la mayoría de las protestas y movilizaciones sociales han tenido como base social fundamental a campesinos mestizos, a hombres y mujeres de los pueblos originarios, secularmente explotados económicamente y dominados política, social y culturalmente por la burguesía y la oligarquía local proimperialista. Así, en Ecuador, en Perú, sobresalientemente en Bolivia y casi al mismo nivel en Guatemala, ese es el rasgo característico de la política en América Latina y el Caribe.

         De ahí, que haya impactado el que Michelle Bachelet, médica pediatra haya sido la primera mujer presidente de Chile, y que Evo Morales se haya convertido en el primer presidente indígena de Bolivia (como lo fue  para orgullo de los verdaderos mexicanos, el indio zapoteca Benito Juárez García, aquí en el país).

         Indudablemente, Michelle Bachelet y Evo Morales, son dos manifestaciones emblemáticas de lo nuevo, de lo que más conviene y se necesita para edificar la verdadera democracia participativa, en toda Latinoamérica y el Caribe.

         Por eso, más temprano que tarde, los pobres, los explotados, los discriminados, los ignorados de siempre, de todo el Continente Americano: ¡UNIDOS TRIUNFARÁN!