Luis Villegas Montes: Adiós, Cabral PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Domingo, 10 de Julio de 2011 07:54

El Sol de México. La nota dice así: “Asesinan a tiros al cantautor argentino Facundo Cabral. El cantante fue asesinado a balazos, por pistoleros desconocidos, en su camino al Aeropuerto Internacional La Aurora en Ciudad de Guatemala. […] El artista recibió varios impactos de bala y murió en el lugar del ataque, perpetrado el día en que Argentina conmemora su declaración de Independencia. […] En el recital del martes, al que asistieron 5.000 personas, Cabral se despidió del público guatemalteco diciendo: ‘Ya les di las gracias a ustedes {...} y que después sea lo que Dios quiera, porque él sabe lo que hace’”. 

 

 

No lo conocí; o tal vez sí; tal vez sí a fuerza de verlo en distintas ocasiones; a fuerza de escucharlo durante horas en esos viajes largos y azarosos a -y desde- la sierra de Chihuahua; a fuerza de recrearlo, de recordarlo, de comentarlo, con muchas personas, entre ellas, mi compadre Puente quien, me imagino, deberá estar igual de consternado que yo.

 

Podía gustarnos o no (en gustos se rompen géneros); podíamos o no estar de acuerdo con él; podíamos en fin, coincidir o divergir con sus planteamientos, sus insinuaciones, sus conclusiones rotundas; lo que no podíamos era permanecer impávidos; frente a él no había cabida para la indiferencia.

 

¡Había tanto de dónde asirse! Estaban -están- sus letras, sus anécdotas, su singular sentido del humor, su música, sus reflexiones largas salpicadas de lúcidos destellos de sabiduría, de sencillez, de amor, de humanismo. Alguna vez, recordaría la reacción de su abuela ante la triste noticia de la muerte de Gardel: “Me contaba mi abuela en torno al día que murió Carlos Gardel. Esto ocurría en el año 1935. La noticia fue difundida por la radio. Se hicieron eco todos los barcos extranjeros anclados en el puerto de Buenos Aires. Se pusieron a sonar todas las sirenas al mismo tiempo (alguien dijo que en señal de duelo). ‘¿Qué sentiste ante la muerte de Gardel, abuela?’, le pregunté. A lo que ella me contestó: ‘¡Caramba, ahora sí que somos pobres de verdad!’”.

 

En este trance amargo, me imagino que podríamos parafrasear a la abuela de Cabral y clamar con ella: “¡Carajo, ahora sí que somos pobres de verdad!”. ¡Tanto hemos perdido en tan poco tiempo! Pero me resisto a creer que incluso en esta hora aciaga él estaría de acuerdo en la lamentación de su pérdida.

 

En el transcurso de su vida perdió -o dejó ir- muchas cosas; y lo hizo sin lamentarse; porque tenía que hacerlo; porque estaba en el orden de las cosas, tal vez, o porque un designio que nos trasciende a todos marcaba su derrotero exactamente igual a como marca el nuestro. Como sea, quiero creer que si no hubiera en su rostro lugar para su sonrisa sardónica (la propia muerte es un asunto serio), lo habría por lo menos para un rictus melancólico que se doliera de la maldad posible y siguiera cantando al amor y a la vida: “El bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruya hay millones de caricias que alimentan a la vida”; -diría- y habría empezado, con su voz ronca, pausada, de fuerte acento, a acariciar el alma con alguna canción entrañable de su repertorio exquisito e inagotable, acompañado de la guitarra infaltable.

 

Recordándonos de ese modo que ni siquiera su muerte debe ser capaz de deprimirnos, si acaso, de distraernos; de hacernos olvidar por un instante eterno la vida que nos puebla: “No estás deprimido; estás distraído”; dijo. “Distraído de la vida que te rodea: Delfines, bosques, mares, montañas, ríos. No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano cuando en el mundo hay 5,600 millones. Además, no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco; algo fundamental para vivir. No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubistein interpretaba como nadie a Chopin a los 90. Sólo citar dos casos conocidos. No estás deprimido, estás distraído, por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un sólo pelo de tu cabeza por lo tanto no puedes ser dueño de nada. Además la vida no te quita cosas, te libera de cosas. Te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud. De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones. No perdiste a nadie, el que murió simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón”.

 

No voy a transcribirlo. Me quedaría sin palabras, a punto de enmudecer, sin nada qué decir; es sólo que me acompañó tanto tiempo, tantas veces, amé tantas de sus canciones; reí y lloré con ellas tantas veces, me llevó y me trajo a tantos lugares; me habitó de tantas formas… que me dolió mucho la noticia de su muerte.

 

Había quedado con Adolfo de ir hoy a jugar “básquebol” -así lo pronunciaría, Cabral- y a echarnos en el césped a ver el sol a trasvés del follaje de los árboles; habíamos quedado de ir a comer papitas con Valentina y a beber cocacolas -es decir, habíamos quedado en envenenarnos lenta y felizmente-.

 

Ahora creo con mayor ahínco que no puedo faltar a ese compromiso; creo que eso es precisamente lo que llamamos “vida” y creo que no existe mejor modo de celebrar la muerte.

 

…Que después sea lo que Dios quiera, porque él sabe lo que hace.

 

El Clima