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Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Jueves, 02 de Julio de 2020 09:06

Por Fray Fernando.

 

Cine y censura

 

En esta pandemia, con todo y las plataformas especializadas en películas, muchos añoran la vuelta completa a las salas de cine. Otros recordamos los grandes salones de antaño como fueron en Ojinaga los cines Olimpia y el Armida. En Aldama el Gameros y que decir de El Plaza y Variedades en Cuauhtémoc o El Plaza, Alcázar, Variedades, Dorado, Azteca y Estrella en Chihuahua.

 

Los veteranos recordamos estos cines porque eran verdaderas ínsulas de alivio frente a una vida muchas veces dolorosa pero que el cine amenguaba. Miles gozamos la fascinación de las películas porque nos trasladaban a lo inimaginable, a mundos de fantasía, a escenarios de grandeza, risa, llanto y suspenso.

 

Mi madre,-como todas-, hacia prodigiosy desde la raquítica economía nos daba periódicamente unas monedas con las que asistíamos a las funciones de Matiné los domingos y a veces a los cines baratos entre semana, con la estricta recomendación de no separarnos (5 hermanos) por aquello de los degenerados y pedófilos que enfermizamente buscaban niños y niñas para abusar de ellos, la mayoría de las veces impunemente.

 

Nosotros no tuvimos problema porque mi Hermano Oscar era un ferviente defensor de sus carnales más chicos y más de un libidinoso sufrió el piquete en las pompis de una pequeña daga que mi hermano portaba. Luego, con tranquilidad gozábamos de hasta dos o tres películas, mismas que en muchas ocasiones repetíamos porque no había “Comisión de Arrastre” que sacara a quien ya había visto todo el programa.

 

Fue un mundo de llegar y hundirte en la oscuridad, pisar pies y protegerte con tu mano a manera de visera del resplandor de la pantalla. Luego el intento de ver que sucedía en la trama proyectada. Era como vivir otra existencia. Era vivir sueños, ilusiones y combates internos al equipararte o distanciarte de tramas de amor, odio y heroicidad. Todo acompañado de cierto temor, crispación y admiración en torno a personajes, paisajes y sucesos.

 

Al paso de los años y en relación a éste fantástico mundo del cine, me río y me carcajeo de un fenómeno que se daba en torno a las películas exhibidas: la censura. Esta la ejercía la jerarquía eclesiástica y un caudal de seguidores caracterizados por una exaltada mojigatería, bajo el discurso de: “conservar la moral, las buenas costumbres y combatir la bajeza y la perdición”.

 

Así, a diario aparecía publicado en los periódicos de la localidad la Censura manifiesta en una rigurosa clasificación que iba de la A, hasta la C2. Presento dicho ordenamiento con algunos ejemplos:A:Todos pueden verla: por ejemplo: Pulgarcito, Caperucita Roja, El Mártir del Calvario, Milagros de San Martín de Porres.B: Adolescentes y mayores: (Sansón, Zorro el invencible).B1: Adultos 18 años pero tienen inconvenientes: “Un quijote Moderno”, “Un día con el diablo”, “Se los chupó la bruja” (Ni Viruta y Capulina se les escapaban con todo y humorismo blanco), “Dos criados malcriados”, “Dos gallos y dos gallinas”.C: Adulto, pero tienen serios inconvenientes: Caldera del Diablo, Ánimas Trujano, Sansón y Dalila. C1: Nadie debe verla: Un tranvía llamado deseo, Los tres Huastecos y C2 Prohibida, absolutamente mala: Tintan y las modelos, Ana Karenina, Drácula.

 

Esta censura se prolongó hasta fines de siglo pasado y creo que fue una forma de intolerancia y abuso. Pienso que esta reprobación fue otra modalidad de ferocidad, menos visible pero con serias consecuencias para la sociedad en la medida en que alentaba visiones retrógradas, castigos divinos y se prestaba a manipulaciones morales e ideológicas y finalmente ¿Quién los autorizaba a decidir lo que es el bien y el mal?

 

Dos situaciones marcaron esta época: una con la marca ridícula de la censura que en la época juvenil fue una tortura porque salvo una buena propina al portero en turno en la sala de cine, -estrategia imposible porque “la aguja no marcaba”-la mayoría de las veces nos quedábamos con las ganas de ver a Ana Luisa Pelufo en cueros o a Lorena Velázquez enseñando parte de su caparazón sin velos.

 

Y otra, dado el bajo poder adquisitivo de quienes asistíamos a los cines de la ciudad era prácticamente imposible gozar de las golosinas que la empresa vendía, pero las madres maravillosas tenían como siempre una solución: previo a la partida al cine nos hacían palomitas en un sartén y las metíamos bajo la ropa, junto con limonadas o kool- aid.

 

Otros tiempos, pero los cines en todas las épocas han jugado un importante papel en la vida y cultura de los pueblos. Ojalá sobrevivan a la contingencia coronavirus.