La cantina, donde la palabra se humedece PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Jueves, 13 de Agosto de 2020 15:11

Fray Fernando.

 

“Los encueracristos”

 

El gremio ferrocarrilero encierra una riqueza enorme de expresiones culturales que van desde sus formas específicas de laborar hasta relaciones sociales complejas encontradas en sus festividades, ceremonias religiosas, actividades deportivas, el uso del tiempo libre y muchas más.

 

Los rieleros, pertenecientes a la extinta empresa Ferrocarriles Nacionales de México son muestra de esto y desde la revisión de su vida cotidiana se puede observar: la alegría, la solidaridad, la pertinencia, el compromiso, la responsabilidad, así como la envidia, la injusticia, la traición y el engaño propios de un conglomerado con virtudes y defectos.

 

Los sueldos de los obreros del ferrocarril no eran cosa de otro mundo por lo que la gran mayoría vivía en casas de renta y con su sueldo debían cubrir “el chivo” y otros apremios como la escuela de sus hijos, ropa, salud emergente y desde luego dejar para el tiempo libre que generalmente era el deporte o la asistencia a una de las 30 cantinas que existían solo en el barrio del Santo Niño y la colonia Industrial.

 

Es aquí en donde aparecían los “encueracristos”, personajes llamados así porque eran capaces de apoderase del santo sudario si la ocasión lo permitía y tratándose de simples obreros, con todo y que domingo a domingo asistían a su iglesia, comulgaban y confesaban, no tenían empacho en despojar de cualquier bien a los sufridos trabajadores de los Nacionales de México.

 

La forma más común del atraco era el destino de los vales que la empresa otorgaba a sus trabajadores para que estos acudieran a la cooperativa ferrocarrilera a surtir alimento, ropa, calzado, relojes y otras mercancías para sus familias. El obrero una vez en posesión del cupón era asediado por los “encueracristos” quienes le ofrecían dinero en efectivo, generalmente la mitad del costo real de los géneros y lo peor, la mayoría aceptaba.

 

El resultado era que al llegar la quincena por un lado la empresa descontaba el costo del vale al salario del empleado con el consecuente perjuicio para la familia y por otro, los vivales gozaban del dinero mal habido con toda impunidad porque no hubo quien pusiera restricción a su nefasta actividad.

 

Seguramente alguien dirá: “de existir el infierno tanto “encueracristos” como obreros deben estar cocinándose a fuego lento. Los primeros por abusones y los segundos por pendejos”. Creo que no es exactamente así porque este tipo de situaciones se explica desde la injusticia que toda la vida ha persistido en torno a la clase trabajadora; o desde la corrupción de la autoridad y la elite empresarial y también desde una estructura social que deja pocas oportunidades a sectores agobiados por la fatiga, el aburrimiento, la indiferencia y la decepción.

 

No creo en el infierno, pero de existir, los “encueracristos” debieran estar en primera línea. Los obreros, pues no sé, no he encontrado en la narrativa bíblica algún pasaje que sugiera que los ingenuos merezcan fuego eterno.