La Cantina, donde la palabra se humedece PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Viernes, 18 de Septiembre de 2020 15:54

Fray Fernando.

 

El asalto de Los Lamentos.

 

Lázaro González García para 1924 cumplía 21 años. Vivía junto con sus padres y hermanos en la colonia Industrial de la ciudad de Chihuahua. A esa edad era ya conductor de tren de los Ferrocarriles Nacionales de México y regularmente viajaba de la capital a Ciudad Juárez. Con frecuencia, a pocos kilómetros de Villa Ahumada el tren se desviaba de la ruta principal y mediante un escape ubicado en el punto llamado Estación Lucero llegaban a un pujante mineral conocido como Los Lamentos, aproximadamente a unos 50 kilómetros de la vía principal.

 

La denominación de Los Lamentos se derivó del sonido que hace el viento al correr a través de las cavernas de piedra caliza en las montañas de la Sierra. En las primeras décadas de los años veinte, en el siglo pasado, la mina estaba en un auge envidiable. Tenía una gran producción y una planta de trabajadores relevante quienes reclamaban periódicamente diversas mercancías, pero sobre todo el pago de la nómina. Ambas cosas llegaban a través de ferrocarril, de ahí que el tren se desviara hasta el mineral.

 

Un día de febrero del año de 1924, Lázaro conduciendo el tren en compañía de: el maquinista, el fogonero, el ayudante del fogonero, dos garroteros y un pagador, gozaban de la amistad y fluida conversación cuando Lázaro aprobó el desvío hacia Los Lamentos. Llevaban el dinero para liquidar la nómina de los mineros. Previo al arribo debían pasar por Tecolines, Candelaria y Ranchería. En una curva que esta entre estos lugares se apareció una gavilla quienes previamente habían dañado la vía a efecto de parar la marcha del tren. Sabían con certeza que a bordo del mismo se encontraba el pagador con la nómina. Quitaron un riel y en consecuencia descarriló el convoy. De inmediato los asaltantes se hicieron de la situación y a punta de armas de fuego les obligaron a acatar órdenes, exigiendo la entrega inmediata de la nómina minera. 

 

Los agredidos no tuvieron más remedio que hacer entrega del botín para luego, los asaltantes inmisericordemente procedieron a ejecutar a la totalidad de la tripulación del tren. No conformes con eso, se aseguraron de la muerte de los ferrocarrileros, y sin piedad alguna les dieron el tiro de gracia. Desde entonces al lugar del fatídico evento se reconoce como: “El Asalto de los Lamentos”.

 

Para las familias de los difuntos la experiencia fue un golpe terrible y en lo que correspondió a la de Lázaro, el primer despertar después de esta desgracia fue una pena enorme y un momento muy amargo. Por sus mentes, apenas despiertas de este infortunio, se trasladaban al pasado y se resistían a aceptar la tribulación y deseaban con todas sus fuerzas regresar a la tranquila vida que en muchos momentos gozaron en el pasado en compañía de Lázaro; pero el pensamiento del nuevo estado de cosas surgía en toda su desnudez y en ese momento el dolor se tornaba más vivo.

 

Fueron momentos sumamente difíciles y se pensaba que el peor mal de los males no es el morir sino el no poder morir cuando y como se desea. Para los González García, desde su fe religiosa, el dolor se fue tornando más leve porque lo sobrellevaron con paciencia y con ánimo fuerte. Sabían que la muerte es común a hombres y mujeres pero que no todos tienen la misma muerte. Con todo, en no pocos momentos el llanto surgió porque el hilo de la vida no tendría sentido si no fuese bañado por algunas lágrimas benditas.

 

En tanto la justicia no apareció y si bien esta virtud es alabada por muchos, en la realidad es practicada por pocos. A los asesinos de los ferrocarrileros jamás los atraparon. Para los González García, la mejor venganza ante los malvados criminales que le quitaron la vida a Lázaro, fue el no llegar a parecerse en nada a ellos.

 

Con los días un poco de justicia terrena llegó cuando la empresa indemnizó a los deudos de los caídos en Los Lamentos y en el caso de la familia de Lázaro fue doña Francisca, su madre, quien recibió 4 mil pesos que la compañía ferrocarrilera le entregó como pequeño alivio por la muerte de su hijo. Con ese dinero la señora decidió adquirir una casa para sus hijos y nietos. Compró la ?nca que hoy se encuentra en la esquina de las calles Ferrocarril y Jalisco, en la colonia Industrial de Chihuahua. Actualmente los descendientes aun viven ahí.

 

Otro consuelo, si es que puede llamarse así, fue el que durante un tiempo el tren número ocho que corría de ciudad Juárez a la ciudad de México, incorporó al frente de sus máquinas un crespón negro como homenaje a los caídos en Los Lamentos.

 

PARA CURÁRSELA: Para una versión más completa de Los Lamentos, recomiendo ( si yo no quien) mi libro: “Cuidado con el Tren” editado por la Universidad Autónoma de Chihuahua.