El secreto de la vida: las vacas no dan leche PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Escrito por Luis Villegas Montes   
Lunes, 12 de Octubre de 2020 15:09

Luis Villegas Montes. 

 

Hace unos días, y sin querer queriendo (como diría el Chavo del 8), merced al estudio en la Maestría, di con una fábula moderna que no me resisto a transcribir: 

 

“Un campesino acostumbraba a decirles a sus hijos cuando eran niños: 

 

—Cuando tengan doce años les contaré el secreto de la vida. 

 

Cuando el más grande cumplió los doce años, le preguntó ansiosamente a su padre cuál era el secreto de la vida. 

 

El padre le respondió que se lo iba a decir, pero que no debía revelárselo a sus hermanos. 

 

—El secreto de la vida es este: La vaca no da leche. —Le dijo ya estando a solas. 

 

—¿Qué dices?, preguntó incrédulo el muchacho. 

 

—Tal cual lo escuchas, hijo: La vaca no da leche, hay que ordeñarla. Tienes que levantarte a las cuatro de la mañana, ir al campo, caminar por el corral lleno de excremento, atar la cola y las patas de la vaca, sentarte en el banquito, colocar el balde y hacer los movimientos adecuados. 

 

Ese es el secreto de la vida. La vaca, la cabra, no dan leche. Las ordeñas… o no tienes leche”. 

 

Esta reflexión viene a cuento porque existe, en mi opinión, una generación —esta, la de los jóvenes de hoy, los llamados “millennials” — que piensa que las vacas dan leche.  

 

Esa generación ingenuamente cree que las cosas ocurren en automático; que los satisfactores son, o deberían ser, gratuitos; que solo basta con desear y pedir para obtener. 

 

Menudean muchachos y muchachas que piensan que las vacas sí dan la leche. Que basta con abrir el refrigerador y voilà… 

 

No. Definitivamente no. 

 

La vida no es un asunto que esté allá afuera pendiente de nosotros para complacernos y, mucho menos, es cuestión de apetecer, requerir y lograr. Lo que uno recibe, siempre, es producto del esfuerzo que uno realiza... o que otro realiza por uno o en nombre de uno. 

 

La satisfacción es consecuencia del trabajo; y ni siquiera de cualquier tipo de trabajo; no, la felicidad es producto del trabajo bien hecho, del trabajo bien realizado; del trabajo que demandó voluntad e inteligencia. 

 

Esta generación cuenta miles de jóvenes frustrados, y familias destrozadas, porque no entiende que sin el sudor del esfuerzo ni la humildad del trabajo, solo se genera eso: frustración. 

 

Lo peor es que esta idea errónea de la vida se agazapa y se alienta desde el Gobierno a diario. A diario se le dice a todos cuáles son sus derechos o prerrogativas frente a los demás, pero no se les recuerda ninguno de sus deberes u obligaciones. A diario se alimenta una imagen errónea del mundo: “buenos” contra “malos”; donde los buenos son los zánganos, los güevones, los ignorantes (neomillennials o millennials de cuarta) que creen que sí, por ser, nadas más por estar, lo merecen todo. 

 

Y, de veras, la única cosa cierta en este mundo aparte de que Dios existe es que las vacas no dan leche. Hay que trabajar por ella. 

 

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Luis Villegas Montes. 

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