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Opinión - Columnas
Escrito por Mauricio Islas   
Domingo, 22 de Noviembre de 2020 18:33

Mauricio Islas.

 

El espacio o zona de confort es aquella en la que nos sentimos cómodos o seguros, aquella que podemos predecir y controlar, en la que no hay sorpresas, solo certezas. Es una zona, física y mental, que conocemos. Sabemos lo que va a suceder, cómo vamos a comportarnos y cómo lo va a hacer aquello que nos rodea, nuestras circunstancias, las cosas y las personas.


No es necesariamente una situación feliz ni estimulante, pero sí estable, que no cambia y que no tiene riesgos. Incluso la aventura, cuando la hay, está planificada un paseo en el parque . Una reunión con los amigos etc … diseñados para divertirnos, para alterar o provocar nuestras emociones e, incluso, para que pasemos miedo.
Aunque deberíamos llamarlo susto, porque el miedo ya lo tenemos incorporado. Es la causa y la consecuencia del estado de confort. La falsa tranquilidad que proporciona el mundo pequeño en el que nos hemos refugiado siempre viene acompañada del desasosiego, el temor, de que ese mundo se desmorone.


Tenemos miedo de enfermar, de quedarnos sin trabajo, de que dejen de querernos; o de que esto les suceda a las personas que queremos. Estos son los miedos grandes. Pero también nos inquieta que nos puedan robar, que nos pongan una multa, que no funcione la televisión, que se nos puedan perder las llaves o el teléfono y tantas otras situaciones habituales relacionadas con la subsistencia.


Tenemos miedo a las consecuencias de no cumplir o de que no se cumpla la norma. Se nos ha educado para que lo tengamos. Desde muy pequeños se nos ha dicho qué es lo que podemos y lo que no podemos hacer, cuáles son las reglas y cuál es el castigo o el efecto de no cumplirlas; y también cuál es el premio, la recompensa, de nuestra buena conducta. Además, se nos ha advertido de que nos están vigilando, de que hay alguien o algo que sabe cuándo y por qué castigarnos o premiarnos.


Así es como se nos somete, mediante vigilancia, amenazas y promesas. De la misma manera que nos sometemos los unos a los otros; con enfados y sonrisas, con pequeñas venganzas y chantajes, con rechazos y caricias, con críticas o adulaciones.  Así es como se consigue y se mantiene el poder, con mayúsculas y minúsculas, el grande y el cotidiano. Creando un recinto confortable y fomentando el miedo de perderlo.


Vivimos en sociedad, necesitamos los unos de los otros, pero la población es mucho más fácil de manejar si no se mueve, si se queda en casa, si solo sale de ella para lo estrictamente necesario. Y esto se consigue alimentando nuestros miedos y nuestra pereza y teniéndonos entretenidos.