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Opinión - Columnas
Escrito por fray Fernando   
Martes, 12 de Enero de 2021 17:36

Fray Fernando.

Nuestros muertos, nuestros fantasmas.

Mi hermano Oscar junto con otros 7 guerrilleros que atacaron el cuartel Militar de ciudad Madera el 23 de septiembre de 1965 fue sepultado en una fosa común en el panteón de ese lugar. Salvo a los familiares de Salomón Gaytán, uno de los sublevados, a ningún otro pariente se le permitió participar en los funerales. Simplemente se les arrojó a la tumba sin ninguna contemplación.

La referencia de este suceso tiene que ver con el más de millón y medio de fallecidos por covid-19 en el mundo; los casi 140 000 en México y a los 4 100 en Chihuahua, en donde las formas de dar sepultura a los caídos a consecuencia del ataque del virus asesino, es parecido en todas partes. Los ritos mortuorios se realizan a cajón cerrado, previo “empaquetado” en un dispositivo especial, y, excepto algún familiar requerido para reconocerlo, nadie puede ver al muerto. Esta prohibición, dicen, es para evitar contagios producidos por el virus presente en los cadáveres, pero al prohibir a los familiares de los fallecidos ver los cuerpos, les condenan, como sucedió en su tiempo en Madera, “a vivir en el limbo pantanoso que producen los duelos que no tienen lugar”.

En 2021 se cumplirán 56 años de los acontecimientos de Madera y para los familiares de los caídos por la parte guerrillera, entre ellos mi madre doña Consuelo próxima a cumplir 100 años, el duelo no ha pasado. Ella frecuentemente comenta que platica con su hijo Oscar, para ella, su hijo no es un simple recuerdo que con los años se hace menos doloroso, no es una sombra ni un hueco, más bien sigue siendo un cuerpo sin vida que ella no vio ni pudo darle la despedida.

“No va a volver, pero igual lo espero” dice mi madre, como seguramente exclaman los cercanos a los muertos por covid-19. Fue una situación turbulenta en 1965 y ahora lo es en el presente. El Ayer y el hoy resultan particularmente insoportables porque a no dudar se presentan consecuencias psíquicas producto de la ausencia del cuerpo a la hora de elaborar un duelo, dolorosas consecuencias que también sufren los familiares de los desaparecidos durante la guerra sucia del siglo pasado.

Algunos dirán: “bueno, son cosas diferentes porque los guerrilleros sabían que había muchas posibilidades de encontrar la muerte por su acción revolucionaria y en el caso de los fallecidos por covid-19 ni se la esperaban”. Tal vez, pero lo que hermana a los dos acontecimientos es la visión de unos seres queridos que de pronto pareciera que se esfumaron provocando llantos y resistencias a aceptar su desaparición. Mi madre supo desde ese 23 de septiembre la congoja y añoranza que le provocó el cuerpo ausente de su hijo Oscar y los deudos de los caídos por efecto del virus sin duda sufrirán en el futuro por esos fantasmas de los cuales no pudieron despedirse, en la mayoría de los casos cristianamente.

Los familiares de los guerrilleros caídos en Madera, por la distancia; por la represión de un gobierno torpe y comprometido con las élites urbanas y agrarias ni siquiera pudieron acercarse al panteón para dedicarle una oración o un adios  a sus allegados, pero ¿Qué los hace diferentes de aquellos que vieron por última vez a la madre, al hijo, al hermano, al  abuelo mientras los camilleros con “traje de astronauta” los subían a la ambulancia, o los empleados de aspecto vampiresco de las funerarias depositaban sus cuerpos en la carroza? Me parece que nada. Más bien los hermana la pena sentida, la necesidad de por lo menos ver por última vez al ser amado.

De estas reflexiones rescato un texto de leila Guerreiro que alude al imponderable Homero y su Iliada:

“En la Ilíada, Príamo, rey de Troya, se arrodilla ante Aquiles, que acaba de matar a su hijo Héctor, para rogarle que le devuelva el cadáver: “Respeta a los dioses, Aquiles (…), ten piedad de mí (…) pues me he visto obligado a hacer lo que no hizo en la tierra ningún hombre, a acercar mi boca a las manos del que mató a mis hijos”. Aquiles le dice: “Habla y dime con sinceridad cuántos días quieres para hacer honras al divino Héctor”. Príamo le pide nueve días para llorarlo, uno para sepultarlo, otro más para erigir un túmulo. “Y en el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere”. “Se hará lo que dispones, anciano Príamo, y suspenderé el combate durante el tiempo que me pides”, responde Aquiles.

Sabia enseñanza que ni los familiares de los caídos en Madera en 1965 ni los deudos covid-19 pudieron gozar. Los primeros por la cerrazón de un general que la única batalla que ganó fue la “Batalla del Chuviscar” cuando en 1966 reprimió con toda su fuerza  pública a un centenar de estudiantes normalistas; los segundos, por el peligroso contagio pero también por la ausencia de infraestructura adecuada y recursos que en el pasado se derivaron a otras cosas menos a atender los requerimientos de salud de la población.

Leila Guerreiro ante las muertes covid-19 comenta acertadamente: “No sé qué puede hacerse. Podríamos empezar por preguntarnos si no tenemos derecho a exigir lo que Príamo rogaba: vivir la muerte de su hijo, no ser sepultado por el peso de lo que jamás sucedió”.