La Cantina, donde la palabra se humedece. El Apagón PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Viernes, 19 de Febrero de 2021 10:16

Fray Fernando.

 

Lo que faltaba. De por si desde que apareció el virus pareciera que estamos viviendo en otro mundo y nos sentimos más vulnerables e indefensos. Día a día, por falsa información o mensajes ciertos tenemos nuevos temores y una distinta noción del peligro. Y, si, lo que faltaba, un macro apagón que nos dejó sin luz, sin micro hondas, sin Internet, con dificultades para salir por lo de las puertas eléctricas. Un caos y la resistencia a aceptar nuestra dependencia tecnológica.

 

II

El apagón derivó en una realidad demoledora a la insensatez en que vivimos

 

Algunos dicen que fue por la falta de gas, otros que fue por causa de la nevada, pero si así fuera no es la naturaleza la que pone en riesgo nuestras casas y ciudades, sino la forma en que hemos decidido vivir. Rousseau partidario de la vida solitaria, el autor del Emilio se alejó progresivamente de las ideas mundanas y deploró que la gente permaneciera en las ciudades atada a sus pertenecías.

 

Sin embargo, aunque Rousseau denuncia la insensatez de vivir de cierta forma en las ciudades y de correr riesgos como contraparte de lo diariamente requerido y deseado demuestra que una persona vale lo mismo que su entorno. “Tener luz” es importante, pero resulta empobrecedor estar dependiendo de no tenerla y reaccionar contra “el maldito gobierno”, contra los “ineptos de la CFE” y rara vez aceptar lo que Juan Villoro afirma: “la ciudad con sus muchos problemas no nos pertenece; nosotros le pertenecemos a ella”.

 

Por qué escribir sobre el apagón, tal vez porque, a fin de cuentas, “mucho de lo escrito surge de la peculiar contingencia de la peculiar contingencia que lo provoca”. Al final eres del lugar donde sufres apagones, accidentes, donde a diario te topas con ejecutados y tal vez estés vivo por impuntual, por salir tarde al trabajo y evitar estar en el lugar equivocado y a la hora equivocada,

 

Pertenecemos a la ciudad que en su historia reciente las lluvias, el agua, los arroyos recordaron que fueron dueños, señoras, señores de gran parte de donde ahora se erigen casas, colonias, edificios y que tienen memoria, retentiva no cruel, simplemente reclaman lo que de siempre les perteneció.

 

III

Percibí el apagón como a las siete de la mañana y de inmediato me lancé por diversos encendedores que no respondían. “Quizás sean los fusibles”, -me dije- “voy a preguntar a los vecinos si es o no general”. Pronto me di cuenta que el asunto era mayor y a la par oí un agradable sonido que en años no percibía: el de un afilador que desde muy temprano ofrecía sus servicios. Resoplaba su silbato a la par que pregonaba:” cuchillos, tijeras, algo que afilar”. Enseguida vi a dos esforzados trabajadores de limpieza izando tanques hasta el tope de basura y a dos que tres bicicleteros con su herramienta en ristre procurando jardines que arreglar.

 

Salí a caminar un poco y en la primera esquina me encontré con una señora que ofrece “chapeteadas”, varios vendedores de todo lo imaginable, dos acróbatas en receso porque los semáforos no funcionaban, y, en fin, mucha actividad de gente que vive al día porque para ellos el apagón ni fue trágico ni obstáculo para “buscar la vida”, lo trágico es el hambre del desheredado y el vulnerable.

 

Continué mi caminata y al igual que Juan Villoro en su hermoso poema “El Puño en Alto”, vi gente recogiendo desperdicios a lo largo del canal del Chuviscar; observé al que iba por el pan y la leche matutinos, al que es de Chihuahua, al que acaba de llegar quizás de Honduras o Belice, “al que dice ciudad por decir tu y yo”, a Armida, Selene, Reynaldo, Miyaki, Manuel, Edgar y hasta a “El Moni”, al que el apagón le vino “Wilson” porque tiene dos meses sin luz ni agua , y muchos perros: amarillos, pulguientos, con placa, todos oledores.

 

Vi a los que inauguran el día. A los que, con las primeras luces del alba, con o sin apagones despiertan la ciudad. Ellos no piensan en el peligro que corren, y si acaso temen al contagio no se protegen cuando empieza su batalla contra el único mal que para ellos es de temerse: el hambre. Como la mayoría no usa cubrebocas escuché perfectamente lo que dicen: sus chistes, reclamos, plegarias, pregones, solicitudes, carcajadas, gritos y algo de sus largas conversaciones.

 

-Que se le hace, los niños no saben de que no hay y no queda otra que chingarle día a día- comentan-.

 

IV

Regresé a casa y vi a dos niñas que desde hace años venden dulces, gelatinas, mazapanes y paletas. Deben de tener cuando mucho 7 años y eso sí, con cubrebocas que hacen a un lado con frecuencia para pregonar sus productos y me pregunto: ¿Que les protegerá más: el raído cubrebocas o las bendiciones que seguramente la madre o la abuela les da por las mañanas? Ojalá desarrollen gran resiliencia para que en su juventud y adultez soporten recuerdos que no serán de juegos infantiles sino de lucha por la vida, muchas veces humillantes y poco comprendidos por los que gozan de “panza llena y corazón contento”.

A pocos metros de casa escucho un grito espeluznante:

 

-¡¡Mamá, el menso de Juan derramó refresco sobre mi computadora¡¡

-Es que por el apagón no se veía bien por la mañana, agarra la honda, hijo, perdónalo.

- SI, mira, mira, el apagón, ya me trae el tonto este.

 

Solo una contrariedad incluyendo el apagón. Tragedia el virus, la ausencia de empleo, los dos años perdidos de escuela primaria y la angustia e incertidumbre en que vivimos con se secuela de trastornos psicológicos.

¡Ah, y la tragedia de que las cantinas están cerradas!