La cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Viernes, 22 de Mayo de 2020 13:55

Fray Fernando.

 

Las Acacias

El bar Acacias, es quizás la última de las cantinas tradicionales de la ciudad de Chihuahua: barra de madera larga, amplia y firme. Contrabarra con almanaque de mujer desnuda, botellas, vasos, vales de clientes morosos y fotos de los clientes más asiduos. Sanitarios aseados con urinarios de concreto y dos que tres mesas desparramadas en el local con sus tradicionales sillas de cantina.

El negocio se ubica en la mera colonia Obrera, muy cerca del parque Lerdo. La atención a la selecta clientela la realiza una agradable empleada y un cantinero que todavía hace las veces de psicológo emergente al escuchar a los parroquianos que le cuentan sus cuitas y esperan algún consejo que tal vez no solucione de fondo sus problemas, pero les da, en la mayoría de las veces, justificación para su conducta y actuar cotidiano.

En este bar se reúne una variopinta concurrencia: profesionistas, empleados, obreros, jubilados, y sin rechazar totalmente a mujeres, se caracteriza por tender a ser un “club de Tobi” puesto que es entre varones que se fortalecen amistades a fuerza de asistir a tomar sus “quita penas” con frecuencia y por muchos años.

Entre esta amplia gama de filósofos, atletas, comerciantes, altruístas, decepcionados, optimistas, etcétera, destaca un personaje que gusta de la cebada embotellada. Su nombre real y completo se pierde en el anonimato y en el bar todo mundo simplemente le llama “Quique”. Es un protagonista de muchas batallas y según su dicho ha sufrido: enfermedades raras como “torsión testicular”; asaltos diversos, embates femeninos peligrosos, envidias profesionales y hasta acusaciones  de mala fé, jamás probadas.

Hace días, cuando todavía no cerraban las cantinas por la pandemia, el tema en el bar era justamente el asunto de salud y se analizaba sesudamente la información disponible. Alguien dijo: “no es para tanto, eso le sucede a los chinos porque son muchos”, mientras que otros advertían que tal vez si se estaba frente a un verdadero peligro en que incluso iba la vida.

Quique entraba en ese momento en el local y de inmediato quiso integrarse al debate que transcurría y de inmediato cuestionó:

-¿De que se trata?, ¿quién se muere o qué?

-De que va a ser, pues del coronavirus.

Quique, sin dudar un solo momento,contestó- corona que, ábranme una y si es el seis mejor.

-No mi Quique, no es de eso, es del virus que está atacando a mucha gente- le endilgó otro parroquiano quien agregó:- afortunadamente en la casa nos estamos protegiendo, mi esposa y mis hijos cortaron ramas a la palma y confeccionaron una cruz y la fijaron en la puerta de entrada.

-Una qué,cuestionó Quique.

-Una cruz, menso

-Pues ábranmela no sea que se enfríe.

La polémica continuó y siendo una comunidad plural las opiniones iban y venían a favor o en contra de las acciones gubernamentales de los tres niveles de gobierno; de las indicaciones concretas que avizoraban la tajante orden de “Quédate en casa” y de las predicciones económicas.

-Pues se va a poner de la fregada-dijo un viejo cliente- Parece ser incluso que al comercio solamente se le va a permitir abrir en días terciados.

- ¿Terciados? –Cuestionó Quique- Sírvame uno como desempance.

En estos afanes la selecta clientela del Acacias transitó varios días hasta que hubieron de replegarse a sus casas, en donde según parece no suplen las horas-trago frente al buró. Primero porque nunca será igual ingerir fatuo líquido en la cantina en donde surge el chascarrillo, “la carrilla”, un que otro poeta y la oportunidad de contar dos que tres mentirrillas. Y segundo, en la casa esta “el freno de mano que no permite muchas libertades.