La Cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Lunes, 17 de Agosto de 2020 14:58

Fray Fernando.

 

Al Capone los discos

 

En tiempos en que no se prohibía celebrar cumpleaños, bodas, quince años, día de las madres y a veces hasta de los padres en los domicilios particulares, los organizadores preparaban con tiempo el festejo; se invitaba a los vecinos a las comilitonas y a gozar con la bailada. Los invitados acudían por tandas a la cena o al baile en los patios caseros, siempre vistiendo sus mejores galas en señal de respeto a convocantes y familias.

 

La música se desparramaba por todo el barrio desde pequeñas consolas que reproducían los éxitos de los artistas de moda a través de acetatos conocidos por su color serio como “los negros”. Común era que al preguntar: “¿Oye, y quien va a tocar en el baile de la Chabela?”, la respuesta era: “los negros”. Los había de 45 a 60 revoluciones por minuto y los invitados frecuentemente llegaban con sus melodías favoritas grabadas en “sus negros”, eso sí, con marca por aquello de posible perdida.

 

En esta parafernalia surgía un personaje conocido como: “Al Capone”, denominación surgida de la inagotable veta de parodiar del mexicano. En este caso en recuerdo del mafioso Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al Capone. En el asunto de las fiestas de barrio se requería un organizador de la oferta musical, un encargado de poner la música solicitada por los asistentes y por ello se le conocía como: “Al Capone los discos”. Este operario era vivaz y siempre pendiente de las solicitudes de los bailadores o festejados. Sus servicios se daban gratuitamente, a cambio, en su espacio no faltaba comida y bebida.

 

Generalmente eran jóvenes que estaban al tanto de los hits musicales a través de la radio por lo que eran garantía de un bien seleccionado repertorio sonoro y organizaban tandas de música corrida, cha cha cha, mambo, y romántica a casi concluir la velada para que los danzantes se acurrucaran en brazos amorosos previo a la partida, casi siempre después de las 3 de la mañana.

 

De esta forma los “Al Capone los negros” eran materialmente indispensables y cumplían celosamente con su responsabilidad salvo en los casos que abusaban del espirituoso líquido pero no pasaban de confundir alguna solicitud al intercambiar, por ejemplo, el corrido Carabina 30 30 “ con otro de moda, “Pistola 45”.

 

Eran tiempos de zozobra y escasez. Eran familias cuyas cabezas se distinguían por ser obreros y trabajadores informales y respondían a una interrogante que Oscar Lewis plantea en su obra “Antropología de la pobreza” en el sentido de que hasta dónde podrían los desheredados, los pobres alcanzar cierto nivel de felicidad. Y tan respondían que sus festejos eran un desborde de alegría, solidaridad y cultivo de una vida comunal que fortalecía ante la adversidad.

 

Gratos recuerdos no solo del “Al Capone los discos” sino también de la sencilla decoración en las salas y patios caseros: cadenas elaboradas con papel de china, patios rigurosamente barridos y regados previo al baile, biscochos para todos, el infaltable barril de cerveza y sobre todo la camaradería entre los asistentes.

 

¡Un saludo a septuagenarios y octogenarios que vivieron a plenitud esta época!