La Cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Martes, 25 de Agosto de 2020 09:21

Fray Fernando.

 

Borrachos

 

En las cantinas a las que asistíamos para ingerir nuestros “quita penas” nos acompañaron diversos tipos de borrachos. Los había sociales (dos que tres copas), fuertes (consumían hasta un litro de licor sin perder la compostura) y alcohólicos. Estos últimos se perdían en el consumo etílico por semanas y a veces meses. Paraban la ingesta cuando su salud física entraba en profunda crisis, por accidentes o por la propia muerte.

 

Eran nuestros “borrachitos”. Los que nos hacían reír con sus ocurrencias y desfiguros pero atrás de eso había familias sufriendo, además de economías y tranquilidad emocional destrozadas. En la cantina se comentaba: “Fíjate que fulano ya la volvió agarrar, a ver cuánto dura esta vez”. Luego se hacían sesudas respuestas respecto al mal proceder de éste tipo de individuos y generalmente eran: “debilidad cerebral”, “ausencia de fuerza de voluntad” o llanamente “guevos”, “problemas con la vieja”, etcétera.

 

Las soluciones para sanar iban desde actos de brujería,  ciertas hierbas, consumo de producto de plumífero pico corneo (Huevos) mañana, tarde y noche,  hasta castigos y tratamientos médicos autorizados.

 

Al verlos llegar al bar, se decía: “Mira como llego este irresponsable” para luego sugerir que a lo mejor sería bueno aplicarle penas como las distinguidas durante el período colonial aquí en Chihuahua para acabar con los borrachos Estas consistían en que si a alguna persona se le encontraba vagando en la ciudad en notable estado de ebriedad se le condujera a la plaza pública se le vistiera con túnica y bonete rojos y se les tundiera con 25 azotes. Acto seguido se les diera a beber agua hasta que ya no les cupiera en el estómago y permanecer hasta por medio día para que arrojaran todo lo consumido.

 

Otros recomendaban asustarlos como sucedió con “Pito Pérez” a quien le formaron un cuadro de fusilamiento ficticio para espantarlo. El ajusticiado clamó cuando vio los fusiles apuntarle: “Cual es la causa de mi baja en este mundo”. Le respondieron: “Por borracho”.

 

También exhortaban a conducirlos a clínicas “especializadas en curar alcohólicos” en donde de acuerdo a ciertos principios “científicos” les esperaban, de preferencia después de un devastador episodio alcohólico, para proceder a aplicarles grandes dosis de lo que comercialmente se conoce como Antabuz que no es otra cosa que apomorfina, sustancia que tiene la virtud de provocar un violento rechazo al etanol base de toda bebida alcohólica. A Los borrachos, luego de tal tratamiento se les obligaba a consumir alcohol, no obstante el asco que ahora sentían por el fatuo líquido con la esperanza de que ante tal experiencia decidieran “dejar la bebida”.

 

¿Qué sucedía con estos y muchos más remedios? Ninguno funcionó ni funciona. Con el tiempo se reconoció al alcoholismo como una enfermedad de la cual mucho falta por conocer para su efectivo tratamiento y a la fecha se reconoce que lo más efectivo son las terapias grupales.

 

Antes, ni los borrachos conducidos a la plaza pública se reformaron, ni a Pito Perez se le convenció de dejar el consumo; ni Michael Lowry, excelente novelista sanó con las curas de Antabuz y posterior consumo de alcohol. Los borrachos alcohólicos abandonan un rato la botella después de un accidente de tránsito, el abandono de la esposa, la deuda dejada en la cantina porque no son capaces de combinar el placer con el arrepentimiento como noches anteriores cuando combinaban el vodka con toronja, limón y hasta una ramita de perejil.

 

Finalmente como enfermos sufren y hacen sufrir a los que dizque aman.

 

Las palabras de Michael Lowry, quien también fue poeta y murió de congestión alcohólica apenas cumplidos los 40 años, son extremadamente significativas:

 

Pobrecitos los borrachos/Que amanecen farfullando en el regazo de belcebú

 

Y se asoman a la ventana/Para ver de nueva cuenta el puente cortado del día.

 

PARA LA CURA: Recomiendo leer “Bajo el Volcán”, excelente novela de Lowry y ver en cualquiera de sus dos versiones la película “La vida inútil de Pito Pérez” con Ignacio López Tarso y Tin Tan. Para mí, la mejor interpretación de tal personaje la realiza el juarense Valdez, pero aquí cada quien su gusto. Desde luego leer la novela de José Rubén Romero.