La Cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Sábado, 14 de Noviembre de 2020 10:35

Fray Fernando.

 

Que se muera alguien

 

"De que me muera yo, o que muera mi abuelita, pues mejor mi abuelita".

 

Esta conocida frase es recurrente en la actual contingencia de salud y tiene que ver con el pico de la pandemia en Chihuahua porque el número de camas y respiradores es insuficiente, y para quien no puede pagar los 300 mil pesos de entre en los hospitales privados no les queda mas que apuntarse en lista de espera en los nosocomios públicos y aguardar que se desocupe un espacio lo que ha llevado a declarar: “Ni modo, que Dios le bendiga, pero ojalá se muera alguno de los hospitalizados graves para que me internen en su lugar”.

 

Esta expresión real y recurrente tal vez tenga que ver con Richard Dawkins el biólogo que declaro: “Somos máquinas de supervivencia, autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células” y que dicho en cristiano sería justamente: “De que me muera yo, o que muera mi abuelita, pues mejor mi abuelita”.

 

Esta percepción la han alentado algunos medios de comunicación que publican en sus cabezales noticias con un tinte amarillista, aunque también es cierto que se da una saturación a corto plazo de las camas de reanimación por parte de los pacientes con Covid-19. Los médicos ahora están preocupados porque tan pronto como hay una cama disponible, se ocupa en las horas siguientes con un nuevo paciente.

 

Estos días los hospitales acumulan gente en sus puertas. No se puede entrar en ellos si no es estrictamente necesario porque son focos de contagio.  Así, es fácil encontrarse un pequeño grupo de expectantes con mascarilla que intercambian palabras, cigarros, cafés, miradas, en definitiva pequeños pedazos de compañía en la incertidumbre que supone estar fuera y que un ser querido esté dentro.

 

Es mi padre quien está dentro- señala con dolor uno de ellos.

 

En la lista de espera de Pensiones Civiles esta mi esposa. El coronavirus nos trastocó la vida de golpe, no tenemos dinero, dos de mis hijos están infectados y no sabemos que vaya a pasar en el corto plazo-dice otro.

Esto parece no tener fin-comenta compungida una señora de mediana edad- A mí me cuesta desconectar, dormir, concentrarme, no creo en castigos colectivos divinos, pero esto parece uno de ellos- sentencia-.

 

Padecer una enfermedad crónica de repente es aterrador: las cosas veraces se desintegran; preocupa si se podrá trabajar y cómo hacerlo; preocupa si los seres queridos se quedarán para ayudar; si los patrones apoyarán, y estas angustias obstaculizan un recurso particularmente precioso y falsamente escaso: el tiempo para descansar.

 

El descanso no es algo que puedan permitirse todos los que se enferman. Aquellos que sufren con Covid prolongado, al igual que con otras deficiencias que limitan la energía, no tendrán el mismo acceso al descanso porque o bien se enfrentan a no poder cubrir los costos básicos o a un regreso temprano y peligroso al trabajo. Esto se deja ver de manera más intensa en los trabajadores informales y en las mujeres quienes de acuerdo al dicho popular “no tienen derecho a enfermarse” sobre todo si son madres, y, por lo tanto, tengan menos control sobre su tiempo.

 

De ninguna manera se justifica el egoísmo del ser humano, pero una realidad está presente:

 

-Abuelita, ya viviste mucho, dame chance a mí”