La Cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Miércoles, 25 de Noviembre de 2020 11:03

Fray Fernando.

 

Olores

 

¡Ah, los olores! ¿A que olía Chihuahua a fines de siglo XIX? Seguramente antes del arribo del Ferrocarril en 1882 y del empuje industrial de la época se daban olores a: musgo, arena, piedra, tierra mojada e incluso el de las carnitas del carnicero que sacrificó marrano. Había miles de aromas en la ropa de la gente, y tal vez el mejor: pan recién horneado en los hornos de adobe, viviendas en donde pronto el aroma del café comenzaba a llenar estancias y vidas. Eran momentos sagrados con virtudes mágicas: olvido momentáneo de la maldad humana y renacimientos de esperanzas generalmente hundidas en decepciones.

 

El tren trajo olor a aceite, a alabastro y a comida en las estaciones. Las fábricas contribuyeron con humareda permanente, madera aserrada, mezclilla con sus químicos, cuero tasajeado por los talabarteros. Olor a textiles, algodón, galletas, pastas, carne de semovientes recién sacrificados en el rastro y un inagotable conjunto de esencias surgidas de la Compañía Industrial Mexicana y de la cervecería con su clásico olor a cebada y fritangas.

 

Competían con estas empresas obreros, artesanos y trabajadores informales asentados en colonias como: el Puerto de San Pedro, El Palomar, El Santo Niño, San Felipe Viejo, La colonia Obrera, La Concordia y La Industrial quienes conformaron un gran conglomerado de operarios de pequeños establecimientos en los que se expresaban con su diversa mercancía: carpinteros, costureras, panaderos, paleteros, carboneros, lavanderas y planchadoras, herreros, mecánicos, matanceros, curtidores, cartoneros, dulceros, plateros, fusteros, tapiceros, colchoneros, albañiles, sastres, cocheros, talladores, alfareros, talabarteros, pintores, tablajeros, ladrilleros, herradores, plomeros y jaboneros. Olores todos, gusto de la vida y eternidad.

 

Los años pasaron y la ciudad para 1930 con sus 45,000 habitantes conservó olores, recupero algunos e invento otros. Todavía, por estos años, podía sentirse en invierno ese olor picante producto de la quema de madera en estufas y calentones. Se percibía el agradable aroma surgido de flores, melones, cebollas y otras verduras cultivados por la comunidad china a orillas de los ríos Sacramento y Chuviscar. Y no se diga los olores surgidos de las viviendas en donde se materializaba el que: “La buena comida, se anuncia a la nariz desde la cocina.”

 

Llegó la mitad de siglo. La ciudad de Chihuahua contaba para entonces con una población de 87, 000 habitantes y los sobrevivientes de esta época encajan en la frase de que: “La forma, el aroma y la belleza de las cosas son el único recuerdo que no hace sufrir.”

 

Era un mar de olores: por el rumbo de los mercados los aromas a flores, frutas, quesos, nixtamal, tortillas de maíz recién hechas, chicharrones recién fritos predominaban, y en las orillas, el olor a jarilla, álamo, sauce, arena, nidos y otros tesoros, abundaban. Estas delicias aún se recuerdan porque nada es más notable que un olor imprevisto, insospechado, momentáneo y efímero que, no obstante, siempre despertarán infancias y juventudes plenas.

 

Y qué decir del centro de la ciudad. Sus plazas estaban plenas de vendedores con ofertas de chapetadas, algodones, elotes, cubiertos de camote y un sinfín de mercancías que hacían delicias olfatorias para los paseantes. Estos aromas competían con las emisiones de bióxido de carbono emitidos por el cada vez más creciente flujo vehicular. Por el rumbo del templo de la Sagrada Familia, por la calle 11, se establecieron los taniches, centros de mercadería diversa y peluquerías que emanaban fragancias preparadas por los propietarios para un público exclusivamente masculino.

 

Olores iban, olores venían. El aroma periódico de la tormenta que se avecinaba; la percepción del cuaderno “Polito” y del aserrín derivado de sacarle punta al lápiz. Los olores, afortunadamente, no eran ni son propiedad privada para comercializar por lo que todo mundo podía y puede poseer todo lo que ofrece el mundo, en cuanto a olores. Algunas fragancias se pierden y esencias como ciertos olores a otoño, la de determinadas tiendas, el olor al principio del invierno, del inicio del frío o del inicio de clases ya no se advierten con la intensidad de antaño, tal vez por el surgimiento de fábricas de aceros, cementos, y otras.  

 

En fin, todos nos encontramos con montones de referencias al olfato, desde olores religiosos, como el olor del incienso, hasta cosas como el tabaco, hierbas como la hierbabuena, el “huele de noche”, el anis, gordolobo y muchas otras que fueron bálsamo para males menores y mayores, antídotos para protegerse del resfrío, diarrea, “aire” y remedio para ataques y desmayos".

 

Gracias al avance científico buena parte de la gente ya no cree que pandemias como el Covid-19 se propagaban, no a través de gotículas o picaduras de pulgas, sino a través de la inhalación de olores desagradables, convicción que antaño llevó a que en las casas las familias intentaran purificar el aire a su alrededor, quemaban eucalipto, gobernadora y brea caliente.

 

Mucho hay que decir de los olores, de ahí lo interesante que sería investigar y escribir una historia de este asunto y tratar de identificar y categorizar los olores más comunes de la vida cotidiana a través de la historia de la ciudad desde su fundación a la fecha y estudiar lo que los cambios en los olores a lo largo del tiempo revelan sobre la sociedad.

 

En esta historia cabrían no solo los aromas agradables de los siglos pasados, sino también los malos olores, como el estiércol o los hedores de la industrialización y los problemas de aguas residuales que plagaron Chihuahua, y por qué no, también el aroma despedido por los llamados “No Shower”, dignos representantes de quienes sostienen: “Primero muerto que bañarme”.