Plaza de la Concordia: Una voz en el Desierto Imprimir
Opinión - Alfonso López Collada
Domingo, 20 de Diciembre de 2009 09:22

Con tanta noticia preocupante en los últimos días, pasó casi desapercibido el caso de Aminatu Haidar. Es obligado el repaso, porque se trata de un heroísmo que nos sirve de referencia y ejemplo. Ella es originaria del Sahara Occidental, casada, madre de dos hijos y alguien que se niega a permanecer callada ante las injusticias que pesan sobre todos los saharaui, de quienes se espera que sean un pueblo aguantador. Pero Aminatu dijo que no.

 

Hizo una huelga de hambre de 33 días que terminó sin que ella cediera ni un ápice. Y vaya que el lío estaba bien enredado. Va el recuento corto:

Aminatu Haidar nació en Akka Centre hace 43 años y en algún momento de su vida decidió darle voz a su inconformidad con la situación que vive su país y su gente. Recordemos que España ocupaba el Sahara Occidental y, para evitar que se agravaran algunos conflictos que ya traía con Marruecos (que quería ese pastel), optó por salirse de la colonia en disputa.

Los saharaui no estuvieron conformes porque una decisión española les hacía salir de un yugo para entrar a otro, y buscaron una solución. A mediados de los setentas se acordó que este pueblo decidiera su destino mediante un referéndum de autodeterminación auspiciado por la ONU. Pero el gobierno invasor jamás lo ha permitido, así que esta zona sigue dominada por el rey Mohammed VI ya sin que se cuestione mucho lo que ahí pasa.

Hace poco más de un mes, Aminatu fue a los Estados Unidos a recibir un reconocimiento por su labor en defensa de los derechos humanos y contra esa ocupación que Marruecos sostiene desde 1975. En su regreso transbordó en las españolas Islas Canarias y de ahí voló al punto de partida. Al llegar a su tierra, los oficiales marroquíes se ofendieron porque ella escribió en el formulario de ingreso que su nacionalidad es de Sahara Occidental, en vez de Marruecos. Le quitaron su pasaporte y la sometieron a lo que el gobierno mismo llamó “una expulsión política”.

Pues allá va de vuelta la mujer a las Canarias. Llegó a Lanzarote, el gobierno español la aceptó en su territorio y ella instaló en el mismísimo aeropuerto un campamento para, en protesta, iniciar una huelga de hambre.

Para que pudiera regresar a su propio país, el gobierno de Marruecos le exigía que antes se declarara súbdita del rey y que públicamente le pidiera perdón. Ella se negó y siguió en lo suyo. Así es: una mujer común, ni política ni guerrillera, sino madre de una familia saharaui como tantas, un día decidió levantar su voz para oponerse a la opresión que sufre su pueblo. Su huelga de hambre terminó por un acuerdo gestionado por Estados Unidos, España y Francia, por el cual Mohammed VI aceptó –sin condiciones– el regreso de la señora Haidar a El Aaiún, su pueblo.

¿Y durante todo ese tiempo, qué? ¿Qué decía la comunidad internacional? ¿Qué decían las autoridades de México? ¿Qué decían los medios? Un ligero rumor comenzó a correr cuando Haidar cumplió el mes sin comer, no antes. No supimos cómo los primeros días ella sólo estuvo acompañada de su voluntad inquebrantable, cómo poco a poco fue atrayendo adeptos hasta que ciudadanos espontáneos se constituyeron en guardias de su seguridad, cómo intelectuales de la talla de Eduardo Galeano, José Saramago y Pedro Almodóvar manifestaron su apoyo a la causa, seguidos de agrupaciones de la sociedad civil y algunos partidos políticos socialistas.

El acto sin duda es heroico y deja en claro, con santo y seña, de qué se trata eso de alzar la voz, aunque se viva en el desierto. La mujer no podía ser más “del pueblo”, más común entre los suyos, más normal en su vida cotidiana. Vaya: lo que digo es que se trata de una ciudadana como usted y como yo que vino a decirnos que, si nuestra voz no es tomada en cuenta, es simplemente porque preferimos la (falsa) comodidad del silencio.

Hay que darse cuenta de que una mujer común pudo contra un rey invasor. Y ya dijo: “Seguiré con mi lucha hasta el final”. Está convencida, como yo, de que ante un opresor, a la larga siempre son más dolorosas las consecuencias de callarse que las de decir lo que se piensa. Acuérdese y verá.
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