Luis Villegas Montes: Volver al Redil Imprimir
Opinión - Luis Villegas Montes
Escrito por Luis Villegas Montes   
Lunes, 19 de Julio de 2010 07:00

Un mes. Treinta días, cuatro semanas, como usted lo quiera ver, el caso es que no había ido yo al cine ni al teatro en un titipuchal de tiempo. No conforme con no ir, dediqué tres de estas reflexiones al asunto de los resultados electorales en Chihuahua y al costo obsceno de la política local y ahí me quedé porque el máximo de páginas que me he impuesto para cada entrega nomás no me daba para agotar todos los temas y ya ve: Heme aquí con la boca seca, la mano adolorida y los ojos rojos por el méndigo esfuerzo y la letra chiquita de los pies de página. ‘Ora que, así sin pelo, sin salir a la luz del sol durante demasiado tiempo y de ojos rojos, parezco Nosferatu región 4. Vístame usted de negro y ya, listo para asustar al niño más renuente a comerse su sopa y a darle sustento a la idea aterradora del “Coco”.

 

Con estas líneas intento volver al redil y hablar de cosas más leves; si no para agradar a quien pasee sus ojos por estas líneas, por lo menos para aligerar el corazón -el mío- de tanta aflicción. Aflicción, que no ira, pues he visto tantas cosas ya, que lo cierto es que el ánimo festivo y la sonrisa secreta no los pierdo con facilidad, aunque mi talante adusto parezca desmentirlo.

Pues este fin de semana me di un atracón: Cine, teatro, Coyoacán, el Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández. Aquello fue una fiesta para el alma. El espíritu se alimenta de esos momentos de plenitud cuando se empiezan a vivir una y mil vidas a través de los otros. En ese sentido el arte es como el amor: Empieza por cambiar de casa el alma, para usar la poética expresión de Constancio C. Vigil. Este fin de semana respiré otra vez; definitivamente salí de ese oscuro laberinto de “lo electoral”.

Carajo, lo que debía ser un asunto de mero trámite, de contar votos y nada más, cada año que pasa se convierte en una historia peor que la anterior: Más tétrica, sombría, fúnebre y desesperanzadora. El asunto no es que en México no haya gente ingeniosa, inventores por ejemplo, si sobran. Lo que ocurre es que están mal orientados y les da por lo humanístico: Si les diera más por el lado de la física o las matemáticas para qué le cuento, japoneses y coreanos nos verían, pese a todo, con chicos ojotes. Pero no, nos da por lo humanístico y ahí están los resultados.

Claro que bien puede ocurrir que usted, lectora, lector, no sepa bien a bien de qué le hablo, le pongo un ejemplo: ¿A poco no hay nada más tierno que un niño acompañando a su progenitor en labores propias de su empleo o profesión? Es muy bonito ver a una mamá o a un papá diciéndole a su retoño al pasar por un edificio cualquiera: “Mira, ahí trabajo yo”. Para nada importa que labore usted en la intendencia o que nada más cobre quincenalmente por no hacer nada (tipo Consejero Electoral de Chihuahua o Magistrado de mi terruño natal), no importa, el hecho escueto es que se hincha su pecho de orgullo al decir a su vástago -hijo o hija-: “Ahí trabajo yo”, como si fuera el mejor trabajo del mundo y usted, una especie de mago o taumaturgo capaz de maravillas.

Pues hay gente que, para alimentar el espíritu cívico de los chamacos, el primer domingo de julio, les lava la cara, les pone harto limón, los peina de “manguito chupado” y se los lleva “a las votaciones” después de ir a Misa. Él o ella, toma a su descendiente de la mano y ahí está, dentro de la mampara, con el escuincle pegado a un lado explicándole los detalles de emitir el voto: “Mira, ésta es menos ladrona que todos pero me cae gorda. Éste de acá es un güevón de primera, pero es cuñado de mi comadre Pascuala. Éste otro no sirve pa’nada pero está re’chulo” y así. Vota usted, pues, y luego el o la lepa, según el caso, dobla la boleta y la deposita en la urna. No importa que tan frívolos hayan sido los criterios de selección, lo cierto es que un ejemplo vale más que mil palabras y los niños quedan listos para ejercer sus derechos ciudadanos tan pronto cumplan los 18. La credencial de elector con fotografía dejará entonces de ser el tácito permiso para entrar en tropel al antro o la excusa perfecta para gritarle a los papás: “Ya tengo edad” y se convertirá en el luminoso instrumento de cambio que el País necesita y a veces pareciera esperar inútilmente. Pues bien, ¿le parece adorable la escena? ¡Pues no es cierta! -diría el chocantito de Adal Ramones antes de entrar al monólogo en “Otro Rollo”-.

En nuestros días, dado que cada vez es más frecuente que se invite al ciudadano a depositar su teléfono celular junto a su credencial de elector en la mesa donde se instala la autoridad electoral de la casilla para impedir que le tome foto a su voto y con ello facilitar la compra de éstos, los novedosos alquimistas electorales (antiguos mapaches) han ideado el truco del niño en compañía del adulto para que los compravotos estén en auténticas posibilidades de cerciorarse respecto del sentido del sufragio.

Sí, señor. Me imagino que luego de bregar durante cuatro años para que los grupos de uniformados apostados fuera de las casillas (conocidos como “mareas”) fueran prohibidos; de que el “ratón loco”, el “carrusel”, la “urna embarazada”, entre otras tropelías, sean auténticas reliquias de la prehistoria comicial del país; y de que cada vez sea más frecuente la prohibición de celulares en el interior de los centros de votación; alguien, en algún momento, se acordó del refrán popular: “Los niños y borrachos siempre dicen la verdad” y tuvo la feliz ocurrencia de proponer a su empleador: “¡Está bien! ¡No se preocupen! Que dejen su celular junto a la credencial, los mandamos con los chamaquitos del lugar y que ellos digan si votaron o no y por quién”. Y asunto arreglado. Aplaudieron, se felicitaron entre sí, y se fueron a dormir contentos, satisfechos de sí mismos.

Sigue, me imagino, invitar al elector a que junto con la credencial, las llaves y el celular, deje a su heredero o heredera sentado en la Mesa Directiva de Casilla; así, paulatinamente, de tanta traba y prohibición aparentemente sin sentido, ir a votar será una experiencia similar a subirse a un avión en donde, previo a abordar, se queda uno en calzones y apenas algo más. O quizá la paquetería electoral, aparte de la máquina para marcar credenciales, las mamparas, la urna transparente, la ranura milimétrica (para impedir el taqueo), la tinta indeleble, el listado con fotografía, las boletas sin folio, los crayones ex profeso, la firma de los representantes, etc., empiece a incluir un sillín para bebés, un juego de pañales o chupones y estrellitas doradas para pegarles en la frente a los niños y niñas que se porten bien. O tal vez, junto con la credencial, deberá llevar uno un acta de nacimiento por cada uno de los descendientes; o el listado nominal, al lado de la fotografía de uno, contendrá una foto de familia: Mamá, papá e hijitos.

Si eso ocurre, no faltará quien continúe pensando cómo “hacer manita de puerco” a la Ley, torcer las aspiraciones democráticas de la Nación o aplazar la mayoría de edad del pueblo de México; pensando y creyendo que un puñado de idiotas puede, de veras, interpretar la rica y compleja, voluntad nacional.

Ahí está Oaxaca, por no ir más lejos. Donde el fraude se había fraguado -y consumado- semanas atrás y sin embargo reventó como un juguete roto y se dejó las tripas (tuercas y resortes) a la vista de todos. La fresca propuesta de Gabino Cué; la labor infatigable de Javier Corral Jurado -artífice de la buena marcha de la Coalición y factor toral para el entendimiento interno-; la férrea voluntad de cambio de los oaxaqueños; y el acuerdo de las distintas fuerzas políticas en el Estado -auténtico regalo para la democracia mexicana ávida de buenos ejemplos-, demostraron a México y a los mexicanos que quieran entenderlo que: Querer es poder.

Como sea, yo me voy a esperar unos 6 o 7 años y -a espaldas de sus padres- reservarme el privilegio de introducir a Luisa en los misterios de una elección, en la magia detrás de la mampara a través de la cual cedo un poquito de mí a favor de otro u otra, en nombre de algo superior, extraordinario, trascendente, llamado: “Interés colectivo”, también conocido por algunos como

“Bien Común”. Luis Villegas Montes.

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